notitle
notitle

Fritz Du Bois, La opinión del directorCon la hiperinflación de los 80 se volvió surrealista tener una hipoteca. Con aumentos en los precios que iban de 100% en un año moderado a 7,500% en el pico más alto, era imposible que una familia asumiera un endeudamiento a largo plazo.

Incluso, una mañana, los intereses podían ser mayores que el valor de todo el barrio, mientras que, al día siguiente, con la devaluación, los pocos dólares que tenías en la billetera te permitían cancelar una hipoteca. Por lo tanto, no fue una sorpresa que la oferta hipotecaria desapareciera y que la autoconstrucción fuera lo único que floreciera.

Por tal motivo, para tres generaciones de peruanos, la casa propia fue, literalmente, un sueño porque, al no existir financiamiento, no había forma de realizarlo. Lo cual explica el actual dinamismo inmobiliario, ya que recién hace cuatro o cinco años se está empezando a cubrir una enorme brecha que se había creado luego de décadas de un mercado distorsionado.

Más aún, en un año incierto con crisis internacional y con una polarizada campaña electoral, las ventas de viviendas en Lima aumentaron en 50%. Lo cual indicaría que este 'boom' podría tener para rato, pero hay que apoyarlo.

En primer lugar, la burocracia municipal es un escándalo. Obtener una licencia de construcción o llegar a formalizar una vivienda es casi un milagro; los procedimientos son engorrosos y sujetos a la discrecionalidad de los funcionarios. El Parlamento debería legislar para simplificarlos. Por otro lado, los costos de registros públicos y notarios son excesivos e innecesarios. Mientras que el precio de los terrenos es elevado por la falta de oferta ante la absurda reserva de suelos eriazos que hacen entidades del Estado.

Al final, si el Gobierno se aboca a reducir sobrecostos y a retirar obstáculos, el impulso inmobiliario ayudaría a que el crecimiento económico siga siendo alto. Pero, más importante aún, haría realidad el sueño de millones de peruanos.