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Beto Ortiz,Pandemoniobortiz@peru21.com

Lo primero que debes saber sobre mí es que las alarmas de los autos me sacan de quicio. Todas las alarmas pero muy en especial aquellas que se componen de una secuencia de seis ruiditos distintos, a cual más idiota: wuu wuu, tiru-riru-riru, ñek ñek ñek. Si le has instalado esa mierda a tu toyotita y se larga a sonar y no la apagas rápido debes saber que, en cualquier momento, puedo perfectamente salir al balcón con mi escopeta recortada. Tus derechos terminan donde empiezan los de los demás. Adoro, en cambio, la música del señor Eric Satie de modo que puedes poner, a todo volumen, sus Tres Gimnastas y repetirlos al infinito y más allá. Lo mismo podríamos decir de Nino Bravo, Leonard Cohen, Bebé, Pelo Madueño y los hermanos Zañartu. Pero si estoy en un restaurant cualquiera y de pronto irrumpes con tu conjuntito criollo ten la plena seguridad de que seré espléndido a la hora de pagarte para que te calles. Puedo escuchar música el día entero pero apreciaré la cortesía de que te quites los headphones cuando te esté hablando. A menos que tengas que recorrer largas distancias en el Metropolitano, no entiendo esa mortal necesidad de vivir con los audífonos permanentemente incrustados en el cráneo como si fueran un respirador artificial. Puedo escuchar música pero también puedo apagarla y disfrutar del placer del silencio por un fin de semana completo. Créeme: aquí dentro hay mucha más música de la que tu i-pod podrá nunca almacenar. Las palabras, por ejemplo. Háblame. Dime cosas. He de ser bueno escuchando lo que los otros hablan porque hasta me pagan por hacerlo. Parece que ya hay demasiada gente escuchándose a sí misma y ya no quedan más vacantes. Cucho: yo te escucho. Escúchame. Respóndeme cuanto te haga una pregunta suelta por más que parezca capciosa o comprometedora. Valora mi humilde gesto de hacerte tantas preguntas gratis. Ten en cuenta que últimamente cobro por preguntar.

Verbaliza. Articula. Ladra. Rapea. Desconfío de la gente que no habla nunca pero desconfío más aún de la que habla demasiado. No me gustan los exitositos que nunca tienen suficiente. Mi slogan es igual que el de aquel banco pero al revés: confórmate. Serénate, angurriento. Déjate algo para la gente. Aquiétate. Deja de estar siempre queriendo comértelo todo. Déjate un cariño, basura. Si ya no te entra, no te entra. Créeme. Esa es una ley de la naturaleza. No hay necesidad. No hay necesidad de doce millones de dólares como le dijo alguna vez al Doc, el famoso broadcaster. Nadie necesita doce millones. Nadie necesita uno. No necesito casa de playa por la misma razón por la que no necesito congresos de escritores ni discotecas gay: me aburren los ghettos. Me pudren los sitios para socios. Me repugna la ostentación. Le tengo alergia a los carnets. La prepotencia me endemonia. La ignorancia me encaracha y, sin embargo, soy un ignorante en múltiples especialidades, casi en todas pero puedo barajarlo mal que bien porque tengo un don el Dom Pérignon el de la floritura y el verso perverso, el del Versace. El lenguaje remeda al conocimiento, te espolvorea de bamba sabiduría y, más que en el garage o en el closet, mi única elegancia –si acaso alguna poseyera– ha de estribar en algunos poemas de la concha de su madre que he leído. Soy buen pobre pero, cuando me da la gana, hablo y cocino rico y, en consecuencia, si te gusta comer rico, acabas de sacarte la lotería conmigo. Vas a gemir de placer si pruebas mi ensalada griega de pulpo acebichado. Vas a pedirme a gritos, mesándote los cabellos, entre lágrimas, que me case contigo pero lo siento mucho, no creo en el matrimonio heterosexual y en el otro, menos. No creo en el amor eterno y eso de hasta que la muerte nos separe me suena a la sentencia inapelable de un juez sin rostro brutal. O, más precisamente, creo que el único amor eterno es el de Dios pero no puedo publicarlo mientras no verifique los datos de su existencia con Stephen Hawkings.

Soy un periodista serio, sabrás disculpar la deformación profesional aunque no puedo evitar sentirme un comediante involuntario cada vez que digo que soy un periodista serio. Sé lo que es un bouillabaise y qué sabor tiene pero, en el fondo, soy el gourmand del pan coliza con Dorina, soy el Ferrán Adriá del atún Florida. Me gusta dar propinas a escondidas en los supermercados que las prohíben. Me gusta dar propinas exageradas porque me garantizan el amor de los extraños. No tengo tarjetas de crédito por prescripción médica mas no por tacañería, todo lo contrario: soy de billetera alegre. Si me enamoro de ti lo suficiente probablemente seré tu rey mago y te asfixiaré de regalos como si fuera navidad todos los días. Si me tiemplo a la mala es posible que hasta pueda terminar, sin darme cuenta, manteniéndote feliz a ti y también a tu vieja, a tus hijos, y a todas tus demás parejas. No soy celoso. No pido mucho. Lo perdono todo. Me he rehabilitado de mi propensión a perder el tiempo en el rencor y, a estas alturas, lo perdono absolutamente todo excepto el abandono. Ahí sí que no hay ninguna negociación. La cosa caduca en un plazo razonable: un mes. Si dejaste de verme o llamarme en un mes, muy buenas noches y hasta mañana. Y que pase el siguiente. Más reglas no tengo. Algunas mujeres creen que si se me acercan lo suficiente me volverán normal. Algunos hombres creen que si se me acercan demasiado se volverán cabros. Todo lo contrario. Sucede exactamente lo contrario. Vuelve a leer si no te ha quedado del todo claro. Y ya está. Creo que eso es todo cuanto tengo que informar. Espero de la vida, entre otras pocas cosas, una principal: que tenga la gentileza de ahorrarme la humillación de llegar a anciano. Caso contrario, he tomado la precaución de firmar un pacto secreto con dos amigos: sacrifíquenme en aras de la investigación científica el día en que ya no me pueda limpiar el poto por mí mismo. Por lo demás, mido un metro setenta y cinco y peso cien kilos. Calzo 44. Soy piscis, mono en el horóscopo chino, hipotiroideo, angloparlante y circunciso. Tengo ojos de tiempo, manchas de edad en el dorso de una mano, pelos por todas partes y el tabique desviado, razón por la cual duermo con la boca abierta y, por las noches, me asemejo a un cadáver recién acribillado. Si igual te sigo pareciendo guapo, hazte ver. Si igual te sigo pareciendo un buen partido, llámame.