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Guillermo Giacosa,Opina.21ggiacosa@peru21.com

Nadie sabe para quién trabaja, ni siquiera los gringos con sus costosos servicios de información, su sofisticada tecnología de guerra y sus ganas de meter el hocico en cuanto conflicto asome. Vale la pena recordar que, en Libia, la OTAN y Estados Unidos han contribuido a instalar un gobierno que ha establecido la ley islámica. Peor el remedio que la enfermedad. El Consejo Nacional de Transición libio, influenciado por Al Qaeda, que luchó junto a los rebeldes contra Gadafi, ha dicho ya que "cualquier ley que contradiga los principios del Islam es nula".

En Siria, Al Qaeda –los malos absolutos según la versión geohollywoo-dense de EE.UU.– apoya a los rebeldes sirios y, como si esto fuera poco, Hamas –los malos secundarios– también apoya a estos enemigos del gobierno de Assad. ¿Se unirían la OTAN y EE.UU., nuevamente, para luchar codo a codo contra quienes consideran la madre de todos los males? No obstante estas contradicciones, que parecen ajenas a la inteligencia militar gringa, el Pentágono ha diseñado ajustados planes para invadir Siria, y solo espera el visto bueno de Obama para ponerlos en ejecución. Se sabe, sí, que ya han surtido de armas al complejísimo y, por ahora, invertebrado grupo de opositores, como alguna vez lo hicieran con Saddam para que este combatiera a los ayatolas iraníes. La noción que reposa en el fondo de tanta confusión sería: que se destruyan entre ellos; cuanto más pelean, más se debilitan. La única ventaja real de abonar el caos residiría en esta idea primaria cuyas consecuencias, por desconocidas, resultan atractivas para quienes creen tener el monopolio de la fuerza.