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Guillermo Giacosa,Opina.21ggiacosa@peru21.com

Evidentemente, por cómo estamos y cómo nos comportamos, dicho llamado parece haber prendido en mucho menos gente que la necesaria para mejorar el rumbo. En realidad, un llamado a respetar la vida, a proteger a los desamparados y dar no lo que nos sobra, sino aquello que aún nos es valioso, es casi una proclama revolucionaria presentada en formato de ruego religioso. Los cristianos que trataron de hacer esto realidad han sido elegantemente –ya no los queman como ocurría hace siglos– separados de la(s) iglesia(s) o, bien, reducidos al retiro intelectual.

Desafortunadamente, y esto es científico y casi irreversible, el cerebro selecciona aquello que le conviene y desecha aquello que le incomoda. Dar lo que sobra calma, dar aquello a lo que aún estamos aferrados perturba. En consecuencia, la protección de nuestros bienes, muchos de los cuales comprobamos –con el paso del tiempo– que solo constituyen una carga, es un dogma que nuestro cerebro ha interiorizado y sobre el cual no admite discusión. Uno es rico para ser más rico. En ese campo no hay metas que satisfagan. La implosión aún no admitida del sistema financiero internacional así lo demuestra. Es evidente que, a partir de un determinado límite, la ambición se transforma en gasolina y esta se desparrama rápidamente por los intersticios del sistema, tornándolo altamente volátil y potencialmente letal. En eso estamos.