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Ricardo Vásquez Kunze,Desayuno con diamantesrvasquez@peru21.com

Qué grande que viene el río/ qué grande que va a la mar/ si lo aumenta el llanto mío/ ¡cómo grande no ha de estar!/

Todo estaba previsto, claro. Todo bajo control, ni qué decir. Todo calculado, y punto. El agua que resbalaba como catarata ante el asombro de la ciudad no era filtración alguna, como todos veían, sino sólo un drenaje del río, normal nomás. Las grietas en la base del muro de contención no eran tales, sino parte del diseño estructural de "una obra de envergadura y de gran nivel", obvio. El lago gigante que lo inundó todo, dejando sumergida una camioneta hasta el techo y la maquinaria abandonada a su suerte, parte del plan, ¿que no lo ven? Y, finalmente, el muro colapsado, destruido, desfondado…sí, una exclusa, una compuerta que se había abierto para dar paso a la furia del agua. Nada, absolutamente nada de qué preocuparse, todo en orden, faltaba más.

Así afrontaron la alcaldesa de Lima, Susana Villarán, y su equipo el desastre que se abatió sobre la obra emblemática de su dudosa gestión, la Vía Parque Rímac, esta última semana de 2012. Una sarta inefable de mentiras que, como nunca antes he visto, se hacían cada vez más evidentes a medida que avanzaba el ineludible contraste con la realidad. Y la realidad es que la obra hizo agua, literalmente, mientras la alcaldesa y sus operarios mentían, mentían y no paraban de mentir.

Pero lo peor de todo no es la mentira. Los políticos están acostumbrados a ella, y la Villarán no es ni será la excepción. Entendible es así que mienta mientras flote la duda con tal de defenderse y de defender la única obra conocida que la alumbra. Pero, cuando la duda cesa, la mentira colapsa como su Vía Parque Rímac. Así, lo peor de todo es que la mentira suponga ya la estupidez del que la recibe, o sea, de todos nosotros. La señora, en suma, le ha visto a toda Lima la cara de débiles mentales que puede creer lo que ella y sus turiferarios dicen mientras estamos viendo todo lo contrario. Eso es lo indignante.

Que Susana no es mendaz, dicen sus últimos mohicanos. Que ha sido sorprendida, la pobre. Que la han mal informado. Que la han mandado al desvío. Que la han estafado. O sea, que le han metido el dedo en la boca. Bueno, entonces ¿qué hace gobernando una ciudad? Esa es la pregunta que los limeños tendremos que responder en las urnas el próximo 17 de marzo.

Confieso que, al principio, yo iba a votar en contra de que la revoquen. Me parecía una incapaz, sí, es cierto. Pero una incapaz que había elegido la mayoría y que, por lo tanto, tenía que sufrirla hasta el final. Una lección de civismo, en suma, para que nunca más se eligiera a un fulano salido de la nada. Luego, cuando en una reunión social con algunos de sus simpatizantes sugerí un acto de contrición, un reconocimiento de que algo había hecho mal para llegar a la penosa situación en la que estaba, con un 70% a favor de que la larguen, fui cubierto de gritos de la cabeza a los pies.

No, ella no había hecho nada malo. Todo era una conspiración por ser mujer y por ser de izquierda, nada más. Entonces, por qué había ganado, preguntaba yo. Digo, siendo mujer y siendo de izquierda. Respuesta: gritos, gritos y más gritos. Ahí decidí que quienes no reconocían ningún error y que les gritaban a sus eventuales aliados eran unas nulidades políticas que no merecían mi voto.

Aun así me iba a lavar las manos, a votar viciado. Hoy no. Votaré a favor de que la manden a su casa. Lo del río llevándose su gestión en un torrente de mentiras mientras que para ella no pasa nada, burlándose de la ciudad, es la mejor prueba de que esta señora no debe estar donde está. Merece su suerte. Nada más.