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Guillermo Giacosa,Opina.21ggiacosa@peru21.com

The New York Post acaba de publicar una de esas historias que, si estuvieran originadas en la pluma de un novelista, nos harían maravillarnos y rendirnos ante su imaginación.

Me explicaba, alguien que conoce la mentalidad del estadounidense promedio, que allí el impacto debe ser menos de la mitad del que provoca en nuestra porción del mundo. En todo caso, conecta con todo lo mucho que hoy se habla sobre cuál debe ser el comportamiento modelo de quienes laboran al interior de una empresa.

La historia es, relatada en un mínimo de palabras, la siguiente: Debbie Stevens, una dama estadounidense de 47 años, empleada de una concesionaria de autos, donó, en una expresión de solidaridad, un riñón a su jefa, JackieBrucia, de 61 años. "Ella era mi jefa, la respetaba y no quería que muriese", explicó al Post.

Debido a la extirpación de un riñón, la donante Debbie empezó a sentir dolores en las piernas y en el aparato digestivo, por lo que debió faltar a su trabajo. Entonces Brucia, la jefa, todavía convaleciente, la increpó: "Todos van a pensar que le estoy dando un trato especial". Y poco tiempo después la echó del trabajo.

Parece uno de esos cuentos breves donde se dice todo en pocas palabras y uno queda, después de haberlo leído, con la sensación de haber perdido el último tren de la noche. La triste historia no debiera, sin embargo, disminuir el ánimo de quienes estamos inscritos como donadores de órganos pues esta actitud expresa una de las más trascendentes dimensiones de nuestra naturaleza y de la solidaridad que, como especie, nos debemos entre nosotros.