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Carlos Basombrío,Opina.21cbasombrio@peru21.com

En una democracia con libertad de expresión, casos de ese tipo causan más bien rebeldía y exigencia de sanción. En otras palabras, somos más ciudadanos que antes.

El (ex)ministro de Trabajo demostró que no está a la altura del cargo que ejercía. No solo actuó con torpeza y violencia, sino cuando que creyó que presionando a las víctimas de su agresión todo quedaría tapado.

En otras palabras, el exceso fue condenable, pero mucho peor el intento de encubrimiento. Careció, además, de olfato político. Así el presidente de la República le hubiese prometido que no iba a pasar nada, él debió renunciar a tiempo para evitar el descuartizamiento de su imagen.

La pareja presidencial sigue siendo muy novata en política. Creyeron ingenuamente que este asunto se podía minimizar y que con la cercanía de las fiestas lo olvidaríamos. No se dieron cuenta que el ministro ya estaba muerto políticamente y que mantenerlo traería un innecesario costo político para el gobierno.

El gabinete ha quedado mal parado. El premier ha mostrado una vez más su pequeñez política. Sus declaraciones de la semana pasada diciendo que el asunto ya estaba concluido fueron patéticas y ratifican que lo pusieron en el cargo para tener a alguien que le permita a la primera dama ejercer el premierato en la sombra. Por su parte los ministros (y sobre todo las ministras) callaron en siete idiomas, con la honrosa excepción de Ana Jara.

Finalmente, queda bien mellada la cruzada contra el maltrato a la mujer iniciada por Heredia. Bien poco felices sus declaraciones diciendo que no respetaba a mujeres que retiraban sus denuncias; sabiendo perfectamente que la afectada había sido presionada para evitar conflictos mayores con los poderosos de turno.