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Pedro Salinas,El Ojo de Mordorpsalinas@peru21.com

Recuerdo aquel titular del diario que, en sí mismo, describía una época, la época en que, maldita sea, me tocó ser joven en el Perú. Recuerdo esos titulares y esas bajadas, que anunciaban y advertían de carencias y privaciones, de caos y penurias. Luz restringida. Vuelan diez torres. Agua contaminada. Falla en La Atarjea. Muertos y daños. Escalada terrorista. Colas en grifos. Escasez de pollo. Mercados desabastecidos. Sin transporte hasta las 10 a.m.

Recuerdo que todo eso apareció en una sola primera plana. En una sola, ¿pueden creerlo? Recuerdo que uno se sentía viviendo en Beirut, en el seno del apocalipsis y que uno de sus jinetes se llamaba Alan García y que ese nombre era una suerte de sinónimo de despelote, despilfarro, demagogia, populismo. Porque así lo recuerdo al García de entonces, como al heraldo de la desgracia y del infortunio.

Recuerdo que ese mismo García batió todos los récords latinoamericanos en irresponsabilidad. Que la hiperinflación llegó hasta 7,650 por ciento. Que la inversión extranjera simplemente desapareció, se esfumó. Que nos condujo a una crisis tan grave como la que experimentó el Perú en la Guerra del Pacífico. Que una camioneta station wagon marca Toyota Corona, por ejemplo, costaba 124 mil intis en agosto de 1985, y que al término de su gobierno, en 1990, con 124 mil intis apenas te alcanzaba para media cajetilla de cigarrillos y una caja de fósforos. Tal cual.

Recuerdo que aquella anarquía absoluta propició que Sendero Luminoso y el MRTA crecieran y se fortalecieran por todo el territorio, particularmente en los lugares más alejados y abandonados. Recuerdo también que los asesinatos y ejecuciones perpetrados por parte de la máquina sanguinaria de los senderistas arremetió contra los más pobres. Y recuerdo que la indiferencia y la ignorancia y la alienación se impusieron entre los capitalinos. Y que esas muertes no nos decían nada. O muy poco.

Recuerdo que algunos analistas hablaban de una "guerra interna" y, cuando ibas a una reunión social y tocabas el tema, algunos te preguntaban "¿de qué guerra hablas?", pese a que llegamos a alcanzar durante largo tiempo el macabro promedio de diez muertos por día a nivel nacional. Sí, diez muertos diarios a causa de la violencia política. Así fue.

Recuerdo cuando mataron a sangre fría al general Enrique López Albújar. A Javier Puiggrós. Y a tantos, tantos más. Demasiados. Recuerdo que entonces ya habían pasado diez años de guerra y veinte mil muertos, y seguíamos siendo una sociedad paralizada y negacionista.

Recuerdo las masacres contra campesinos y contra ronderos. Recuerdo las atrocidades perpetradas contra niños a los que incluso se les castraba físicamente o se les mataba a machetazos.

Recuerdo los apagones, las explosiones que le seguían, las gutaperchas pegadas en las ventanas en forma de cruz para mitigar el impacto de las esquirlas y evitar que nos hirieran letalmente en caso estallaran los vidrios. Recuerdo las indicaciones de abrir la boca para evitar que los tímpanos se rompieran y de cubrirse los genitales.

Recuerdo la noche de Tarata, hace veinte años. Recuerdo que vivía a unas diez cuadras de ahí y que nos tiramos al suelo apenas se produjo la primera detonación. Recuerdo que quedamos aturdidos por el ruido que hizo el coche bomba. Recuerdo la conmoción y los muertos y el terror colectivo. Recuerdo que, ese día, todos sentimos que Sendero, finalmente, había jaqueado Lima. Recuerdo cuando el horror se volvió cotidiano.