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Mauricio Mulder,Pido la palabraUno de los peores efectos del poder es el de considerar que todo cuestionamiento que se hace a quien lo detenta es que las críticas obedecen al objetivo de minar su poder para eventualmente arrebatárselo o ponerle condiciones. Concebida la política como la guerra sin derramamiento de sangre (la guerra es la política con sangre) no es insensato suponer tal criterio y terminar actuando en consecuencia.

Pero la política no es guerra. O mejor dicho, no es solo guerra. Es también negociación, entendimiento, diplomacia. Y lo es con más razón cuando se desenvuelve en el campo de la democracia, que supone como una obligación las políticas de consenso y diálogo social y partidario. Si ocurre que hasta las monarquías más cerradas tienen consejos de Estado en instancias de consulta ciudadana, ello deviene en un modo de vida cotidiano cuando se trata de Estados de Derecho constitucionales y democráticos.

Por eso la concepción militarista de la política termina siempre colisionando con la democracia. El militarismo, que no solo lo ejercen los militares cuando hacen política sino también los dogmáticos y los intransigentes, concibe todo en función del concepto amigo-enemigo. Supone que toda contradicción se resuelve derrotando a quien la enarbola y obligándolo a capitular. Supone, además, que toda discrepancia mina la unidad de acción y debe ser reemplazada por la disciplina y el orden.

El militarismo puede enquistarse de arriba a abajo, cuando es el gobierno el que lo blande, o de abajo hacia arriba cuando son otras fuerzas sociales y políticas las que lo hacen. Por ejemplo, el tomar carreteras, locales, secuestrar personas y proclamar la lucha "hasta las últimas consecuencias" es una práctica antidemocrática militarista.

Su violencia solo se diferencia de la de Sendero en que es más espontánea y menos estratégica, pero mata igual. Paita, Casma y el paro minero informal ya suman cuatro muertos, y casi todos los casos de conflicto acaecidos los últimos años han sido igual, llegando al cenit de 24 policías asesinados vil y salvajemente en Bagua sin que el Ministerio Público y el Poder Judicial, que tanto reclaman leyes y sueldos, no hayan hecho absolutamente nada para castigar o, por lo menos, identificar a los culpables.

Igual sucede con aquellos que desde el gobierno y desde la mayoría congresal ya se han proclamado en guerra por la censura a los ministros. Creen que la mayoría inusitada que se logró aglomerar detrás de la moción es una avanzada "golpista" que debe ser respondida por la fuerza. Leen mal la política y creen que los cuestionamientos son subversivos y hasta los han calificado de senderistas, y pese a ser gobierno, de gozar de aceptable aprobación ciudadana y de tener 47 parlamentarios, han terminado aislados y profundizando, incluso, sus facturas internas.

Privilegiaron la estrategia impositiva confrontacional y claudicaron en la búsqueda de diálogo y consenso.

La pregunta es: ¿Cómo procesará el gobierno este traspié? ¿Replanteará sus esquemas o profundizará sus errores? ¿ Empujará al "campo enemigo" a todos los que respaldaron la censura, incluidos sus aliados de Perú Posible? Nadie lo sabe. El mutismo gubernamental y su laconismo twitero no permite adivinar sus rumbos ni escrutar sus pensamientos. Todo dependerá del ánimo con el que retorne al país la PP (pareja presidencial), y de la forma en que el primer ministro, "scar Valdés, procese la salida de sus dos alfiles, habida cuenta su inexperiencia política. Le digo a Pedro para que escuche Juan.