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Jaime Bayly,La columna Jaime Baylyhttps://goo.gl/jeHNR

Y ahora que mi madre, Doris Mary, un amor, tan linda, se ríe tanto y me manda fotos en las que se ve espléndida y rejuvenecida y adorable, pienso que, a lo lejos, al otro lado del mar, yo también me siento así, muy ella, muy mi madre, y me alegro tanto de ser su hijo y tener la fortuna de conocerla. Pero así como ella se olvida de todo, yo también, no sé si por las pastillas que he tomado o porque es la vejez y son los años, da igual, lo cierto es que ya no tengo recuerdos y solo me aferro a los sentimientos y por eso me apuro en contar lo que si no cuento ahora después olvidaré.

Quiero contar esa noche en Madrid porque creo que fue inolvidable, aunque cuando escribo esa palabra, inolvidable, siento que estoy mintiendo, que soy un farsante, que pronto olvidaré aquella noche y estas palabras también. Esto fue lo que ocurrió y así quiero contarlo, que no es lo mismo: mis amigas de Alfaguara me llevaron al salón Borges de la Casa de América a presentar una novela, Morirás mañana. Era un jueves por la tarde y hacía algo de frío, no se sentía la primavera, y algunas personas amables y confundidas me esperaban. Alguien me presentó de un modo breve y afectuoso, recuerdo que se llamaba Andrés y era guapo y tenía unos ojos muy sentidos, y luego me encontré hablando de cosas lentas, tranquilas, ensimismadas. Por supuesto, no había preparado ningún discurso, no sabía bien lo que finalmente acabaría diciendo, solo me dejé llevar y recordé y hablé tratando de no envanecerme demasiado, pues ahora creo en los sentimientos y no tanto en las ideas, ahora creo en lo que fluye y es natural y no en lo que se aprende de un modo tieso, impostado, artificial. Y así estaba hablando de por qué había escrito esa novela, Morirás mañana, que es una pregunta que por supuesto no tiene respuesta, cuando de pronto una mujer se puso de pie, ocupó el pasillo central, me miró con el gesto avieso, torcido, y supe que algo tremendo habría de ocurrir. Y no quise impedirlo, no pude impedirlo, dejé que ocurriera, supongo que para eso uno escribe, para vivirlo y luego contarlo.

La mujer empezó a gritar unas cosas que capturaron vivamente la atención de los que allí nos habíamos reunido. Recuerdo que gritó ERES UN VENDIDO. Me parece que también gritó CERDO, ¿Y AHORA DÓNDE ESTÁ KEIKO FUJIMORI? Estoy casi seguro de que ardió y vibró y se desgarró en este alarido: LA JUVENTUD PERUANA TE REPUDIA. Yo me quedé callado, mirándola con afecto y estupor. Sus palabras me sonaron familiares, sinceras, previsibles, con seguridad irrefutables. Lo que me conmovía en ella, en su rostro congestionado por la ira y el rencor, era ver la desdicha, la infelicidad, ver que esa mujer estaba allí gritándome algo mucho más desolador que tal vez no cabía en las palabras vitriólicas que ella vomitaba, temblando: que era tan desgraciada esa noche en Madrid que quería compartir conmigo su desgracia para hacerla menos dolorosa, más llevadera. Yo lo entendí así y por eso quedé respetuosamente en silencio y seguí escuchándola con una mirada tranquila, no desprovista de afecto, después de todo ella y yo éramos peruanos y al parecer estábamos enemistados políticamente pero no, en el fondo teníamos que encontrarnos, tal era nuestro destino, y ella, acaso sin advertirlo, estaba regalándome un personaje literario estimable, auténtico, creo que memorable. Ella era la mujer que odia, que cultiva en rencor, que interpreta heroicamente unos minutos atrabiliarios en los que, trémula, suicida, insulta a gritos y enciende el fuego de la venganza, ella era como Javier Garcés, el personaje de mi novela, un espíritu atormentado que no perdona, que no puede perdonar, que se redime y purifica lanzando diatribas e invectivas, que mata con las palabras, que elige a sus enemigos sin razón alguna, sentimentalmente, porque a los amigos y a los enemigos uno los elige con toda arbitrariedad, de otro modo qué triste sería la vida.

Esa mujer que ahora echo de menos y a la que hubiera querido extender la mano y dar un abrazo, esa mujer, la peruana crispada, la peruana exaltada, la peruana que me odia, siguió gritando: CERDO, MISERABLE, VENDIDO, MARICON. El público había enmudecido porque, si bien era escaso, era ante todo muy educado y sentimental, y de inmediato comprendimos que la mujer necesitaba expresarse, desahogarse, dar su punto de vista, ya no solo sobre mí o sobre la política sino también sobre ella misma o sobre la posibilidad de arrojarse al abismo de las palabras furibundas, homicidas: esa era una elección moral y estética, el papel que ella quería interpretar esa noche. Caminó unos pasos dirigiéndose a la salida, se detuvo, se dio vuelta, me miró con un odio antiguo cuyo origen era con seguridad muy anterior a mi existencia y a la suya, un odio tan antiguo como el mamífero ensañado que somos, una virulencia y un fuego visceral y un mal de ojo que eran inmemoriales y nunca se apagarían, y gritó: MARICON ASQUEROSO. Y luego se fue deprisa, aunque antes un muchacho se levantó y se unió a ella y se fueron juntos a toda prisa.

Yo no quería que ella se fuera, quería que se quedara, que se calmara, que tomara aire, que esperase mi respuesta. Tal vez podíamos ser amigos, entendernos. Pero la mujer ya se había ido cuando dije, apenado, conmovido, lo que creo que dije: que ella tenía toda la razón, que su alegato había sido bellísimo e irrebatible, que sus opiniones eran exactas aunque insuficientes. Dije: sí, señora, desde luego tiene usted razón, soy un cerdo, un vendido, un maricón asqueroso, y claro que tiene usted razón, la juventud peruana me repudia, pero se queda corta, también me repudian la juventud chilena y la juventud argentina y cualquier otra juventud que se respete. Y, como ya me han tirado huevos y bañado en pintura amarilla y me han insultado por decir las cosas en las que creo y por no callarme nada como si decir siempre lo que pienso fuese un mérito cuando a menudo es un desatino y una impertinencia, como ya tengo un cierto recorrido en esto de ser vapuleado y zarandeado en nombre del honor y estoy acostumbrado desde niño a que me digan palabras severas y altisonantes que seguramente merezco, supe tomarme las cosas con calma y sentí un aprecio genuino hacia esa mujer y la extrañé y ahora mismo la extraño aunque ella tal vez no me lo crea. Y me pregunté adónde se habría ido, qué sería de ella, que estaría haciendo luego de insultarme a gritos, a quién le estaría contando la pequeña historia tremenda que vivió conmigo, cómo la fabularía y relataría, cómo se permitiría exagerar, cómo procuraría quedar ante sí misma y sus amigos como la mujer virtuosa y justiciera que hizo escarnio de mí y defendió el honor de la patria y sus nobles ideales.

Qué será de ella, la mujer crispada, la mujer exaltada, la peruana que me odia. Me gustaría decirle que la entiendo, que tiene toda la razón, que por favor me perdone por ser tan cerdo y tan vendido y tan maricón asqueroso, y que es mi deseo sincero que ella tenga una vida larga, saludable y feliz y que no se calle nunca lo que está pensando o rumiando, aun si esas cosas son lesivas a mi honor, pues sus opiniones incendiarias mucho no me han lesionado, dado que mi honor es una quimera, una ficción, una cosa que nunca ha existido, algo incombustible, no puede arder lo que no existe.

Señora, que Dios la bendiga, gracias por odiarme a gritos. Yo sé que en el fondo, pasado este tiempo de encono y animosidad, usted y yo olvidaremos estos penosos entredichos que me he permitido contar y encontraremos la manera de reírnos y ser amigos. Créame, me gustaría mirarla a los ojos con afecto y decirle: Usted votó por un señor, yo voté por una señora, y sin embargo todavía podemos decirnos palabras amables y hablar prudentemente de otra cosa y darnos un abrazo, procurando olvidar las circunstancias díscolas que nos han enemistado de momento, solo de momento, yo sé que volveré a verla y no la reconoceré y sus ojos no serán más los de la peruana desdichada que me odia, sino los de la mujer contenta que alguna vez me odió y ya no pierde más su tiempo odiándome. Aquí la espero, en esta playa tranquila a la que me ha varado el mar, con todo mi aprecio y gratitud.