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Roberto Lerner,Espacio de crianza"Quedé tan, pero tan golpeado que hasta ahora no puedo mencionar su nombre, no me sale", me dice el joven que tengo al frente, hablando de una relación amorosa, la más importante de su vida, que terminó abruptamente la pareja hace cuatro años. "Es más", prosigue, "ni siquiera para mis adentros, en mi fuero interno, puedo pensar su nombre".

Es un caso de destierro de la palabra, de condena a muerte de la palabra. Es como si la burocracia de la mente hubiera decidido incinerar un expediente, quitarle el DNI a una persona, con la esperanza de anular el dolor insoportable, la pérdida sangrante, el desamparo y la soledad.

El problema es que el vacío verbal, la proscripción del nombre –me hace recordar al "quien tu sabes" para referirse a Lord Voldemort–, son, paradójicamente, un monumento al trauma alrededor de la persona innombrable. Y como muchos monumentos, y todas las tumbas, un testimonio permanente de ausencia, un alarido hecho piedra, un llanto macizo, que cuando no tienen un nombre, cuando no se pueden hablar, no permiten procesar experiencias y curar heridas.

El joven me mira luego de algunas reflexiones y dice: "Es increíble, la contraseña de mi laptop es el nombre cariñoso que usaba para ella en la intimidad. Nunca lo cambié". Una persona que no se menciona, pero cuyo apodo sirve para ingresar en esa metáfora de nuestro mundo interno que es el disco de la computadora. Recuperar el nombre y cambiar el password, para poner en su sitio la pena y recuperar la libertad que da la palabra son el objetivo de nuestra relación.