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Ariel Segal, Opina.21 Internacionalista

En 1901, cuando se instituyó el primer Premio Nobel de la Paz, dos organismos internacionales y sus fundadores fueron los laureados: El Congreso Universal por la Paz, establecido por el francés Frédéric Passy, y el Comité Internacional de la Cruz Roja, por el suizo Jean Henri Dunant. Desde entonces, si bien otras instituciones como UNICEF (1965) y la misma ONU (2001), entre otras, han recibido el galardón, la mayoría de estos premios se han destinado a personajes que luchan por los derechos humanos.

Algunos cuestionan que el Comité Nobel de Oslo honre a organismos cuya razón de ser es velar por la protección de DD.HH. Es esta la primera polémica que suscita que lo reciba un organismo como la Unión Europea (UE) que, sin dudas, ha logrado un milagro histórico uniendo en un bloque financiero, comercial y político a países que, en nombre de razones étnicas, religiones, territorios e ideologías se aniquilaron durante siglos y coexisten en paz desde hace 60 años.

El Nobel a la UE luce para algunos como una recompensa oportunista, pues consideran que se trata de una manera defensiva de reforzarlo simbólicamente ahora que padece la peor crisis desde su creación. ¿Será la decisión del comité de Oslo una anticipación a un posible resquebrajamiento de la UE, cuando países como Grecia y España confrontan a grupos de euroescépticos por la gravísima situación económica que los golpea y cuando se acrecientan las protestas de grupos separatistas?

Así como muchos piensan que el Nobel a Obama en 2009 buscaba apaciguarlo en caso de escenarios bélicos a futuro (cuestión que no lo amilanó), o que otros premios intentan proteger a presos políticos, como fueron los casos del polaco Walesa (1983), la birmana Aung San Suu Kyi (1991) o el chino Lu Xiaobo (2010), el actual galardón luce como un incentivo para prevenir que algún país miembro decida salirse del bloque. ¡Una idea no novedosa pero noble!