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Beto Ortiz,Pandemoniobortiz@peru21.com

Querido José Antonio:

¿De modo que la noticia es cierta? Maricón loco, no lo creo. Que te hayas accidentado quizás, que se te haya pasado la mano, de repente pero que hayas decidido acabar así con tu hermosa vida, ¿Tú?, ¿el rey del Roller Boogie, el Perseo de Oro, el chalaco del chaleco, el más guapo del barrio?, ¿el más talentoso, el ladilla, el jodón, el glamoroso? Me estás jodiendo. ¿Te has matado? ¿Tú?, ¿tremendo street fighter y con la depre?, ¿tú, un soñador desempleado?, ¿tirando la toalla y yendo a la ferretería a comprar un vulgar sobre de Campeón? Eso es lo que han declarado impresentables malandrines de la cuadra al noticiero. Perdóname pero yo no les creo, José Antonio. Porque siempre me gustó más decirte José Antonio que Jossy, porque Jossy me sonaba un poquito demasiado cabrini. Nada de Jossy, José Antonio como el valsecito del ayer: José Antonio, José Antonio, ¿por qué me dejaste aquí? Cuando te vuelva a encontrar que sea junio y garúe. De modo que la noticia es cierta y de verdad te has muerto, dejándonos más cojudos todavía a todititos los cojudos que, desde siempre, te admiramos calladitos desde la barra, golpeando el humo y haciendo girar solitarios los hielitos del trago extinto hace tres horas. Me acurrucaré a tu espalda bajo tu poncho de lino. Nos habíamos reído tanto de la letra cursi de ese vals tan gay, José Antonio. Éramos tantos los que nos moríamos por ti, conchatumadre.

Nos moríamos por ti desde siempre, desde aquellos días en que no había Messenger ni Facebook y mirarse a los ojos en mitad de la calle como los machos constituía la única forma posible de comunicación. Antes de que el lóxoro fuera un cortometraje galardonado en la Berlinale, era la manera más brillante de huevear a los matacabros, quéxere báxara gréxere, la jerga secreta de los supervivientes, mi amiga es léxera, ¿estás con el búxuru? ahí viene tu máxara, el esperanto obligado de los vituperables disidentes de la clase reproductora, de la Gran Logia Heterosexual. Nos divertíamos a escondidas como cristianos perseguidos antes de que fueran a arrojarnos al foso de los leones. Pero en nuestras catacumbas, por suerte, no reinaba una completa oscuridad: teníamos luces negras, cortadoras, estroboscópicas y láser. First I was afraid, I was petrified. La discoteca era la guarida del hurón, el refugio antiatómico, el lugar donde podías evitar con éxito la vida. Bailábamos Like a prayer clandestinamente, Oh l'amour en función repeat, Luna de Miel (de Virus) hasta el colmo del calambre por deshidratación: Tu imaginación me programa en vivo, llego volando y me arrojo sobre ti. Eran las noches en que los bares no tenían letrero ni fachada porque se entraba con miedo y sin hembrita, con clave secreta o santo y seña, se entraba con capucha y por atroya, cuando no había Picas con Happy Hour ni Lolas con Ladies' Night. Cuando la cosa era muchísimo menos fashion de lo que se supone ha de ser ahora. Entonces te encontrabas con un conocido y era: Buses, ¿qué haces por acá? ¿Yo? Acompañando a mi primo, ¿y tú? Yo vine a hacer un reportaje. Ah, sha. Tranquila, María Teresa Braschi.

Como bien recordarás el veintiúnico y glorioso güirito compartido data de mediados de los noventa. Buenos Aires del Callao, un sábado cualquiera después de haber terminado mi edición de una nota sobre tu persona -por supuesto-para La Revista Dominical. Quebrantando la arcana norma que prohíbe involucrarse tanto con la fuente. Pero yo ya te había visto un millón de veces para entonces, desde una década atrás o quizá más, desde los ochenta te había visto caracterizado de Fiordaliso interpretando La Vida no es así en aquel mítico local del gremio de carniceros de la avenida Tingo María en Breña: La vida no es así. Con sueños que terminan sin comenzar. Hay que apretar los puños y pelear. No te desanimes. Busca quien te ayude. Y vive. Te había contemplado lip-syncheando A Mi Manera tras largas colas en La Peña El Tondero de Teodoro Cárdenas en Lince donde, a partir de las cuatro de la mañana, te vendían escabeche, arroz con pollo y huancaína en tu platito descartable. Te vi en el Acuario que quedaba detrás del Hiraoka de La Marina. Te vi en Miraflores, en el lugar apodado La Espalda, en El Inti, en el Escrúpulos y en el My Way y también en el Danker de la Residencial San Felipe donde las mujeres bailaban lentos cheek to cheek, estrictamente ataviadas de macario y guayabera. En La Lima Que Se Va de la avenida Venezuela jamás te vi, allí solamente vi achoris estibadores poniéndoles cerros de cajones de chela a las muñecas bravas, bailando llorarás y llorarás sin nadie que te consuele al son de lastimeras orquestas chanca-la-lata en pleno toque de queda, burlando a las patrullas del ejército, de toque a toque hasta que otro día más horrible aún amaneciera.

Pero mi recuerdo más glorioso de ti se remonta al verano de 1989. Estamos en la discoteca Studio One, en el sótano del Cholíbiris de Benavides y para lograr ser admitidos hemos entrado por el pampón de la vuelta con nuestros cortes de pelo Depeche Mode y nuestras camisas negras cerradas hasta el último botón, hemos repetido la palabra mágica del día y nada permite presagiar que la noche de la iguana acabará a las patadas con otra batida relámpago de la Policía Nacional. Delito contra el orden, las buenas costumbres y toda esa nota de la moral pública y privada. Son las dos de la mañana y, a esas alturas, ya debo estar intoxicado de Vodka Bambarén cuando apareces en escena transmutado en Alejandra Guzmán: Que tienes boca de azúcar eso ya lo sé. Que quemas con quemadura de veneno y miel. Tu baile se confundía contigo o la música se disolvía en ti o te disolvía en el éter y había allí un absoluto no sé qué de magia inenarrable. Te seguí hasta la pista de baile del Perseo que quedaba en la 24 de Aviación, San Borja, a pocas cuadras de la casa de mis papás. Te seguí hasta el Zeus del óvalo Arriola. O mejor: hasta el Zeus del óvalo te seguí, Arriola. Y allí estabas en el centro de los reflectores. Por eso voy a ser por ti, por ti: eternamente bella, bella. No me gustan los transformers. O, por lo menos, no demasiado. No sueño con travestis en encajes. Perdónenme si no les odio ni les amo. Pero contigo, José Antonio, cómo te explico. Nada era igual contigo haciendo el Vogue de Madonna en traje de época en el escenario hidráulico del Gitano de Berlín. Y luego en el Splash, en el Voglia, en el Company, en el Imperio, en el Steps, en el Sagitario y así que pasen cien años y cien mil cabros. Puta madre. ¿De modo que la noticia es cierta, José Antonio? ¿Así que en lo mejor del tono te nos has largado? No te preocupes, cuñau, burbujito, sister, causita, bellecita, bebita, dancer in the dark. Total. Inolvidable ya eres. Nadie te quita lo bailado.