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Jaime Bayly,La columna Jaime Baylyhttps://goo.gl/jeHNR

Todo era una sucesión absurda de eventos desdichados, todo, y no exagero, vaya que fue un día malo: los libros extraviados, las librerías que habían cerrado y ahora eran viejos locales vacíos que anunciaban la muerte y la indiferencia de unos peatones ensimismados, la lluvia, el frío, la aspereza de tantos choferes de taxi que eran todos el mismo rostro congestionado por la rabia y la fatiga, el cuerpo que me temblaba, los brazos tensos que parecían los de un extraño, el pelo que se me caía y yo veía caer, el imbécil de la recepción del hotel que decía haciendo un mohín afectado "me he quedado asombrado con lo que usted me dice" y a quien yo le espetaba, creo que a gritos, "me he quedado asombrado con su incompetencia": todo eso tenía que ser la muerte, estaba a punto de desmayarme, caer, desfallecer, ver por última vez el cielo antiguo de Madrid. Pero no podía irme, no todavía, había un vuelo que debía tomar, un avión al que debía subir, siempre hay un vuelo que nos espera, un avión al que a toda prisa y arrastrándonos debemos llegar. No sé cómo pudimos escaparnos por fin de ese hotel con aire a presidio al que creo que no volveré, no sé cómo encontramos la manera de llegar a Barajas, creí que mi destino era morir en ese aeropuerto, caer como un saco de papas y marcharme sin despedirme ni pedir perdón, tratando de que alguien leyese ese libro que nadie leerá porque siempre habrá algo mejor en lo que perder el tiempo, desde luego. Ya en trance de agonía y estertor, caminé tristemente al baño y me eché agua en la cara y pensé que el final no solo era inevitable sino era deseable, conveniente, bueno para todos, incluyéndome. Porque la cosa se veía jodida y sobre todo se sentía jodida, pesarosa, fatal. Sentía muy vivamente que llevaba dos o tres noches sin dormir y dos o tres días hablando tonterías y todo era un esfuerzo chapucero y sinsentido para que alguien a duras penas pudiese leer la novela que me habían publicado y con seguridad no valía los veinte euros que costaba, era yo quien debía pagar veinte euros a cada persona que se aventurase a leerla, y aun así sería poco pagar y yo saldría ganando si alguien perdía su tiempo leyéndome. Mientras me echaba agua fría en la cara, recé, recé con el ánimo angurriento y oportunista del que nunca reza pero se acuerda de rezar cuando está muriendo, por las dudas. Y temí que ese súbito y persistente malestar me impediría llegar a Barcelona y compartir con ella el mar de Sitges y Cadaqués y el arroz negro que teníamos que comer en Blanes en memoria del amigo que murió. Ese fue el peor momento o aquel en que más miedo me invadió. Pero no me asaltó la muerte, creo que la espanté rezando, mojándome con agua fría, deseando terca y obstinadamente llegar a Barcelona, al mar de Sitges, a los vientos chiflados y serpentinos de Cadaqués. Eso fue tal vez lo que me mantuvo vivo y sostuvo en pie. Ya luego el avión despegó y sentí que no era tiempo de morir. Todo empezó a cambiar para bien (para mal solo podía ser la muerte) cuando conocimos a Mar y nos trajo cava y descansé en sus ojos tristes y al mismo tiempo sosegados y nos contó sin conmoverse y con ánimo tranquilo cómo había perdido a su hija un día de Sant Jordi y cómo había encontrado a su marido muerto de un infarto, tirado en el piso. Y mis ojos se confundieron con los suyos y eran la resaca mansa y desolada de todo lo vivido y entonces me encontré llorando y sintiendo cómo me ardía un ojo, el derecho, porque la crema humectante se metía inoportunamente en él y me impedía llorar, como asimismo me impedía mirar de un modo levemente gallardo o viril o caballeroso a Mar, y tampoco podía restregarme los ojos, el ojo malo y ardiente, pues era ella la que había perdido a una hija, no yo, aunque yo sentía que había perdido a dos hijas y aun ahora lo siento así y no sé si volveré a encontrarlas y por eso le decía Mar, eres un ángel, me recuerdas a mi madre, no te preocupes, tu hija está bien, está en un lugar mejor. Lógicamente tuve que emborracharme, no quedaba más remedio, era eso o morir temblando y sin despedirme ni pedir perdón. Llegamos a Barcelona y apenas salimos del aeropuerto sentí la presencia del mar y, ya mejor, menos tenso, supe que, para bien o para mal, y haciendo menos el bien que el mal (porque hacer el bien cansa y aburre), habría de seguir vivo. Todas eran señales alentadoras, buenos augurios, flechas que marcaban el camino: la fantástica hospitalidad de la mujer que conducía el taxi, los gestos de aprecio de quienes me recibieron en el hotel, las mismas calles señoriales en las que se confundieron los pasos de tantos caminantes en busca de algo esquivo, la música en vivo, el trago, la alegría de los turistas bailando en el esperanto de nuestro tiempo que es el inglés, la sonrisa de ella en la esquina de un bar, la certeza de que todo había sido escalar una montaña pedregosa y empinada para llegar a este momento, a este descanso, a esta meseta tranquila. Esa noche tampoco pude dormir, estaba tan contento que no quería interrumpir ese momento afortunado rindiéndome como un pusilánime, y fue así como el amanecer nos sorprendió caminando y hablando a gritos y con euforia de tantas cosas antiguas y sin sentido, queriendo a mi padre y mis abuelos y a todos los que estuvieron embriagados y felices una madrugada, y así nos dio la mañana, hablando, riendo, encontrándonos, haciendo bulla, siendo callados por los vecinos que no podían dormir, mil disculpas pero la felicidad suele ser ruidosa o lo fue aquella noche. Y al día siguiente salió el sol y todo volvió a estar en su lugar y me llevaron de un lugar a otro para que siguiera hablando mis cosas tontas y envanecidas y sin embargo sentí que esa exactamente y no otra era la vida, mi vida, el destino que debía cumplir sin quejarme y acaso disfrutándolo. Me sorprendió y sigue sorprendiéndome lo mucho que puede cambiar la suerte de un día para otro y cómo un día puedes estar temblando y sudando frío y cayéndote en un aeropuerto y al otro día puedes sentirte bien, tranquilo, contento, bien querido y casi nunca leído y ya bastante resignado de estar en ese cuerpo, detrás de esos ojos, en esos zapatos que caminan y siguen caminando sin saber adónde irán. No te rindas, no desmayes, no te dejes caer, no interrumpas a destiempo los pasos que aún debes andar. No es cierto que vendrán tiempos mejores, serán peores, no por eso debes permitir que todo lo malo te derrote y menoscabe y rebaje a la triste condición de cadáver impertinente en un aeropuerto, llorado solamente por una mujer que parece tu hija. No, no morirás mañana: mañana, no lo olvides, tienes que ir a Sitges y pasado a Cadaqués y, aunque anuncien mal tiempo y chubascos, tú seguirás andando, persiguiendo el crepúsculo en el fondo del mar para hacerle a ella una foto mientras sonríe esquiva, inasible. Y al verla en el ojo minúsculo de la cámara sentirás que tu vida ha sido trepar y trepar una montaña pedregosa y empinada para llegar a ella, al descanso que habita en sus ojos.