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Mauricio Mulder,Pido la palabraUn continente asolado por dictaduras feroces, como fue América Latina, y con una tradición autoritaria desde sus albores, no podía tener mejor idea de protección de los derechos fundamentales para sus ciudadanos que recurrir a la creación de instancias supranacionales. Consagrados por acuerdos multilaterales promovidos en el seno de la OEA, los gobiernos democráticos de la región fueron comprometiéndose en autolimitar su soberanía porque en ellos pesaba la carga de posibles futuros autoritarismos. Sabían que, en el fondo, en ninguno de sus países estaba consolidada la democracia y que tarde o temprano reaparecerían dictaduras.

Y por eso tenemos hoy el famoso Sistema Interamericano de Derechos Humanos. Pero ahí vienen las paradojas. Las dictaduras violan los DD.HH., pero son las democracias las que pagan las facturas, exactamente igual que ocurrió con la deuda externa. La banca mundial prestaba a manos llenas a dictaduras y, luego, las cobraban a las democracias exigiendo feroces procesos de ajuste económico.

Hoy que nuestro país marcha aún inseguro en reafirmar su democracia y, por lo tanto, lucha por el imperio de las leyes y la salvaguarda de los derechos humanos con independencia de poderes, con oposición libre, con libertad de prensa; hoy, precisamente hoy, la Comisión y la Corte arrinconan al Perú como no lo hicieron en tiempos de la dictadura y como antaño lo hacían los bancos.

Qué paradoja que cuando se registró la felonía de Fujimori al pisotear la Constitución y hacer el golpe de 1992, la OEA, en lugar de respaldar las luchas de los demócratas peruanos, se dedicó rabonamente a limpiarle la cara al golpismo. Baena Soares y Gross Espiell quedarán en la memoria de los peruanos como representación de la vergüenza y la condescendencia con la violación de los DD.HH. Así, sin ambages.

Y ahí viene la segunda paradoja: sin que la OEA le haya pedido PERD"N al Perú por avalar el golpe, así como los fraudes electorales del 95 y del 2000, ahora resulta que el Perú es el país más denunciado ante la Corte de San José por parte de la Comisión de Washington.

Nueva paradoja: la Comisión, aquella que recibe alegremente las denuncias de los pobrecitos terroristas contra el Estado peruano, ¿tiene su sede en La Paz, en Quito, en Managua? No, qué va. En Washington, por favor. Justo en la capital del único país miembro de la OEA que NO ACATA la jurisdicción interamericana. ¿Y quién preside la Comisión? La Sra. Dinah Shelton, de nacionalidad norteamericana. Es más, si usted revisa los currículum vítae de los demás integrantes, así como de su personal staff, observará que casi todos ellos llevan viviendo allí muchos años, sea como empleados de afamados bufetes o como estudiantes o docentes de famosas universidades. Todos, sin duda, expertos conocedores de la realidad latinoamericana… desde las pantallas de sus computadoras. Salvo una o dos excepciones, pura teoría nada más.

Y mire la última paradoja. ¿Adivine con qué dinero se pagan la infraestructura, los enormes sueldos, los viajes en primera clase y demás gastos de funcionamiento del sistema y sus burócratas? ¿Acaso con los recursos de los países integrantes de la OEA, que no fiscaliza nada? No, qué va. Se paga con dinero del único país al que no pueden llevar al banquillo de los acusados porque, simplemente, no le da la gana: EE.UU. Adivinó. Estamos como ellos nos quieren: manos libres a los dictadores y palo duro a las democracias.

Posdata: ¿Por qué los que se enfrentan a Susana Villarán terminan siempre 'chuponeados'? ¿Quién anda por ahí haciendo esos favores?