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Santiago Pedraglio, Opina.21spedraglio@peru21.com

El consolidado ministro ha logrado colocar en el Ministerio de Trabajo a uno de los suyos. Tendrá, además, cancha libre para tomar iniciativas y asustar con escenarios catastróficos. Difícilmente el nuevo premier poseerá el oficio necesario para contrarrestar al ministro y a su afiatado y recorrido equipo.

El MEF es, desde la década de 1990, un superministerio que expresa la hegemonía de la economía sobre la política, maquillada para dar la ilusión de la preponderancia de los "técnicos", los "expertos", los "desideologizados". Esto sigue dando lugar a un país esquizofrénico, que crece y continúa con ciudadanos de segunda y tercera clase.

La crisis internacional les sirve para subrayar la importancia de las inversiones extractivas: "Darse el lujo" de impedir inversiones mineras tendrá, dirán ellos, un efecto devastador en las expectativas de crecimiento. Más aún: desde este atemorizante punto de vista, la inversión minera sería una condición indispensable para lograr la inclusión social. El MEF, con la visión actual, carece de amplitud para sopesar los costos sociales y ambientales de hoy y de mañana.

La primacía del MEF, en un gobierno que dice tener como objetivo la inclusión social, lleva a pensar que por esta se entiende más programas de lucha contra la pobreza. Algo importante, pero insuficiente, y que no tiene por qué dejar fuera la voluntad de reconocer a las instancias de gobierno locales y regionales, así como la opinión de la ciudadanía.

Esto supone entender que detrás de las protestas sociales en el país no existe solo un conflicto, sino un afán de justicia, de inclusión en la toma de decisiones y de igualdad de oportunidades.