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Jaime Bayly, La columna de Jaime BaylyLees con estupor la noticia y descubres que tus hijas han debutado como modelos, así lo anuncian dos periódicos muy leídos del país en que naciste, dos periódicos que sueles leer someramente, sin entrar en detalles, como quien camina por un campo minado o procura salir de un pantano, sabiendo que puedes salir maltrecho o enfangado de ese ejercicio, que, por lo demás, sabes que es una pérdida de tiempo, y sin embargo lo haces todos los días al despertar, con el placer culposo del que se abandona a un vicio nocivo y por eso mismo incorregible.

Según los periódicos, y no estamos hablando de periódicos envilecidos o acanallados o que se ceban en crímenes o menoscaban el idioma con palabras de sonoridad procaz, estamos hablando de periódicos supuestamente serios y prestigiosos y por tanto influyentes, tus hijas han debutado con gran éxito en las pasarelas, han provocado algún tipo de conmoción o revuelo en cierto desfile de modas, han inaugurado de un modo prometedor lo que se anuncia como una carrera en el mundo del modelaje. Bien, mis hijas son modelos, digieres con algún sobresalto o alarma la noticia (con alarma porque imaginas que la carrera de modelo es corta, cruel, desalmada, y pone énfasis en unas cosas que el tiempo se encargará de corromper, aunque el tiempo lo corrompe todo, incluso aquello que no puede exhibirse).

Desde luego, es de suponer que esos periódicos que se refieren a mis hijas sin hacer excepciones, a mis hijas en general, aluden a todas mis hijas, a las que he reconocido y conozco y a las que no he reconocido y desconozco, o desconozco mayormente, como dicen los pícaros en el país en que nací. Pero mis hijas, o al menos las que conozco, son tres, eso me parece recordar, y la menor de ellas es todavía muy menor para ser modelo, tiene apenas ocho meses y medio y no está en condiciones para debutar como modelo caminando en una pasarela, principalmente porque aún no sabe caminar. Debo suponer, por tanto, que la prensa, cuando alude a mis hijas modelos, se refiere a mis dos hijas mayores. Si bien no veo a mis hijas mayores hace más de un año por circunstancias políticas, familiares y religiosas (la religión tiene la culpa de casi todas las desgracias, y si no la tiene es bueno echársela, por las dudas), creo que todavía puedo reconocerlas en una fotografía actualizada, y por eso me atormenta reconocer solo a una de ellas, la más rubia, ella sin duda es mi hija aunque hubiera merecido mejor suerte, pero la otra, una señorita muy maja, de facciones angulosas y mirada inteligente, bella y misteriosa como una esfinge, no parece ser mi hija, no recuerdo que lo sea, tal vez tenga ganas de ser mi hija y resulta que vengo a enterarme de ello leyendo la prensa. ¿Es posible que esa jovencita tan guapa y distinguida sea en efecto mi hija, como afirman con aspaviento algunos de los periódicos más serios de mi país de origen, y que, siendo mi hija y además mi hija modelo y que triunfa como modelo o se anuncia como modelo rompedora, yo la haya olvidado o no sea capaz de reconocerla? ¿Cómo podría ser tan estúpido para ver una fotografía de mi hija mayor y no saber quién es la señorita y pensar que no tengo el gusto de conocerla? ¿Cómo mi hija mayor podría ser modelo y yo, que no soy un padre modelo ni un hijo modelo ni un modelo de nada, me quede pasmado, alunado, mirando su retrato luminoso y espléndido, sin saber si esa criatura modélica es mi hija o fue mi hija o se dispone a ser mi hija con una pujanza encomiable o la están obligando a ser mi hija muy a su pesar? Creo que no es mi hija, me digo, aunque si la prensa lo afirma en ese tono sentencioso, exento de toda duda, debe de serlo.

Es un bochorno no saber quién es tu hija, no tener memoria para reconocer a tu hija cuando lleva el nombre que le pusiste pero no parece llevar la cara que llevaba la última vez que la viste, es notable lo que el paso del tiempo hace sañudamente con las personas, con la estragada memoria de las personas, siempre he temido estar en una reunión familiar y no reconocer a nadie y echarlos a todos de un modo airado, crispado, rencoroso, pensando que son unos intrusos cuando son mis compungidos familiares a los que ya no reconozco, no pensé que esa pesadilla me asaltaría tan pronto, antes de cumplir los cincuenta años.

A estas alturas, solo caben tres posibilidades, me digo, escudriñando las fotografías de mi supuesta hija, procurando encontrar en ellas una pista o un vestigio que me permita reconocerla: es mi hija y no la recuerdo, qué pesar; es mi hija y no la conozco, qué ilusión conocerla; no es mi hija y los periódicos se han equivocado y le han enrostrado tal cosa ignominiosa a una inocente jovencita que merece ser feliz. Lo que está en duda es que sea mi hija, no cabe duda alguna de que, sea o no mi hija, es modelo, y una modelo admirable en lo que a mí respecta.

El diccionario define modelo como "arquetipo o punto de referencia para imitarlo o reproducirlo" y como "persona de buena figura que en las tiendas de modas se pone los vestidos". Está claro que la señorita en cuestión es una modelo en ambos sentidos, en el sentido ejemplar o moral del término y en el sentido vistoso de la palabra, yo al menos quisiera ser como ella, y no lo digo en un sentido figurativo, como quien dice yo quisiera tener el éxito que ella ha alcanzado, yo quisiera que la gente me mirase embelesada como a juzgar por las fotos la mira en aquel desfile, lo digo porque la contemplación de su imagen me sirve de modelo, de ejemplo, de guía o vaga inspiración, y me recuerda algo lacerante, algo que no por doloroso voy a escamotear al lector: que es menester ponerme a dieta si quiero (y vaya que lo quiero, lo he querido desde muy niño) lucir algún día ese vestido tan premioso, que según dice la prensa recrea el cuadro de un pintor estimable. Las cosas son como son y no como quisieras que fuesen, y está bien claro que de momento no puedo embutirme ese vestido en mi cuerpo adiposo, pero quizá pueda desfilar en la pasarela camuflado tras uno de los lienzos de tan estimable pintor.

Los amigos están para echar mano a ellos cuando está uno desesperado, no sabiendo cuántas hijas tiene, y por eso llamo a un amigo, director de uno de los periódicos que sabe de mis hijas más que yo mismo, y le pregunto azorado si está seguro de que aquella modelo de inasible belleza es mi hija. Es tu hija, no la niegues, mis reporteros me aseguran que es tu hija, me dice mi amigo, que es un caballero y sería incapaz de fabular sobre mi descendencia, ya no digamos sobre mi ascendencia, de esto último me ocupo yo mismo. Luego añade, sin amonestarme, en tono cordial: Es tu hija, ella le ha dicho a mi fotógrafo que es tu hija. Pero no la reconozco, no sé quién es, no creo haberla visto nunca, le digo a mi amigo, apesadumbrado. Es porque hace mucho que no las ves, las tienes abandonadas, no las visitas ni las llamas ni les mandas regalos, te has hecho fama de viejo verde y ya no sabes quién es tu hija, esto no puede seguir así, Jaime, algo tienes que hacer, por lo pronto deberías dejar de fumar esas hierbas que me invitaste cuando pasé por tu casa, me dice mi amigo, y cómo podría enojarme con él, es mi amigo y lo quiero precisamente porque me dice con franqueza lo que otros callan por timoratos, por apocados, por halagarme con lisonjas memas. Muy bien, la llamaré, la felicitaré por ser mi hija y por ser modelo, me resigno. Y a continuación llamo por teléfono a mi hija mayor y la felicito por su debut como modelo y le digo que asistiré entusiasmado a su próximo desfile, pero ella me interrumpe, al parecer contrariada, y dice: No soy yo la de la foto, los periódicos se han equivocado, le han puesto mi nombre a una chica que es mi amiga, qué usura. Qué usura, le digo, pero ella, que es muy lista, ya ha colgado.