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Guillermo Giacosa,Opina.21ggiacosa@peru21.com

Un iraquí que huyó de su país durante la dictadura de Saddam Hussein convenció al Pentágono, sin esfuerzo, de que en Irak había fábricas móviles de armas químicas. Colin Powell, secretario de estado de Estados Unidos, mostró las evidencias, debidamente retocadas, a las Naciones Unidas (ONU) y, aunque pocos le creyeron, la guerra se inició.

Hoy, el mismo iraquí confiesa que todo fue un invento suyo para sacar a Saddam del poder. Su patraña originó cientos de miles de muertes y millones de desplazados. Hace poco, en plena crisis financiera, el vicepresidente renunciante de Moody´s –una de las firmas que se ocupan de calificar el riesgo de la inversiones– declaró ante la Comisión Federal de Estados Unidos, encargada de analizar las causas de la crisis financiera, "que lo más importante para tal agencia no era la objetividad en sus estudios del valor de los productos financieros sino la satisfacción de sus clientes que financiaban tales estudios".

Ambos atropellos a la verdad son multiplicados, amplificados y dramatizados por un batallón de periodistas –de buena fe algunos, mercenarios otros– destinados a certificar la credibilidad de las mentiras. El resultado no solo es la guerra o la crisis financiera, sino la creciente alienación en la que vive hundida gran parte de la población. Las opiniones son cada vez menos originales, ni siquiera son opiniones, pues repiten al pie de la letra lo que escuchan o leen sin preguntarse sobre la verosimilitud de lo afirmado. La visión estándar del bien y el mal nos oculta que lo que hoy llaman progreso es la descripción del seguimiento de nuestro propio entierro.