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Por: Guido Lombardi, Opina.21glombardi@peru21.com

Las cartas han venido cargadas esta semana en contra de un asesor presidencial extranjero (Luis Favre) en razón, básicamente, de que sería el responsable de la buena disposición presidencial en relación a la inversión privada.

Olvidan quienes ahora lo repudian, que fue también el responsable de que la "gran transformación" se convirtiera en la "hoja de ruta", factor clave en el triunfo final del partido nacionalista en la segunda vuelta.

Resulta perfectamente legítimo que haya quienes vean en la declaración sobre la compatibilidad entre el "agua y el oro" – hecha por el presidente Ollanta Humala– una demostración de que "está recuperando el liderazgo", mientras que otros lo interpreten como una traición a sus electores.

Lo verdaderamente lamentable de esta historia es, sin embargo, que algunos hayan recurrido a la prehistoria política de Favre o, peor aún, a argumentos xenófobos para objetar la asesoría (ya en Brasil, durante la campaña presidencial que llevó a Lula a la victoria, Favre fue llamado despectivamente "el argentino"), sin preocuparse en absoluto de cómo resolver el conflicto que va llegando a su punto de ebullición en Cajamarca.

Se trata de quienes no creen, como Popper, que el lenguaje tiene también una función "argumentativa" que constituye la base del pensamiento crítico. O como diría Montaigne: "ordinariamente los hombres, en los hechos que se les presentan, prefieren buscar la razón que buscar la verdad y son capaces de darle peso al humo".

Estaría bien que se precise el estatus exacto de los asesores que ha contratado Palacio de Gobierno y el nivel de sus remuneraciones, como sugiere la vicepresidenta de la República, Marisol Espinoza, pero no puede impedirse que el presidente decida a quién pedirle consejo. Con o sin remuneración, pero sí con transparencia.