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Por: Guillermo Giacosa, Opina.21ggiacosa@peru21.com

Hace algunas semanas, el periodista Sam Husseini fue al Club Nacional de la Prensa de Washington para participar en una conferencia de prensa del príncipe Turki al-Faisal (Arabia Saudí).

Allí Husseini, director de comunicaciones del Instituto por la Veracidad Pública, le preguntó al ex jefe de la inteligencia saudí: "¿Quisiera saber qué legitimidad tiene su régimen? Usted representa uno de los regímenes más autocráticos y misóginos, sobre la faz de la tierra. Human Rights Watch y otros informan de torturas, detención de activistas, habéis aplastado el levantamiento democrático en Bahréin, tratasteis de derrocar el levantamiento democrático en Egipto y, por cierto, continuáis oprimiendo a vuestro pueblo. ¿Qué legitimidad tiene su régimen, fuera de miles de millones de dólares y armas?". El príncipe, ex amigo de Osama Bin Laden y ex embajador en EE.UU., escapó del tema invitándolos a ir a su país a constatar que no era así. Hasta ahí, normal: un periodista que actúa como periodista y un represor que oculta. Lo más grave fue que, por esa pregunta, Husseini recibió una carta informándole que estaba suspendido del Club Nacional de la Prensa "debido a su conducta durante una conferencia de prensa".

La carta, firmada por el director ejecutivo del club, lo acusaba de violar reglas que prohíben "conducta o lenguaje alborotador o indecoroso". Ya saben nuestros colegas periodistas, en EE.UU., paraíso de la libertad de prensa, está prohibido hacer preguntas que molesten a los socios de ese país. Pueden lucirse, eso sí, atacando a cualquier funcionario originario de algún país que incomode a EE.UU.