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Guido Lombardi,Opina.21glombardi@peru21.com

Creado, teóricamente, para combatir la desnutrición en las regiones más pobres del país, se convirtió rápidamente en uno más de los programas sociales con más elevados costos administrativos (es muy llamativo ver los locales del Pronaa, equipados con numerosas camionetas de doble cabina, casi como lunares, físicamente aislados de las zonas que debían atender). Las enormes filtraciones hicieron que la ayuda llegara a un porcentaje mínimo de los destinatarios.

Una sola cifra ilustra la magnitud del despilfarro: según datos oficiales, solamente el 16% de niños menores de 3 años en situación de extrema pobreza recibía algún tipo de atención.

Pero hay que mencionar, además, que fue usado de manera desembozada para hacer clientelismo político: 21 de sus 29 jefes zonales lo eran por el único mérito de ser dirigentes apristas, según denuncia hecha por el congresista García Belaunde, y, por eso, es natural que azucen la protesta de los numerosos trabajadores de la institución en todo el país.

Lo que parece un exceso es pretender interpelar a la ministra por tomar una iniciativa que merece, por lo menos, una felicitación. Junto con la liquidación del Pronaa se crea el nuevo programa de alimentación 'Qali Warma' –niño vigoroso– (no viene mal un poco de interculturalidad en un gobierno que ha hecho de la inclusión su lema y su meta), sobre todo, si no se queda en las palabras.

'Qali Warma' utilizará productos y dietas locales e incluirá directamente a los padres de familia en la gestión del proyecto.

Ese empoderamiento de los padres de familia es crucial –en la medida en que les permitirá elegir lo mejor para sus hijos– y coloca las decisiones más importantes en el ámbito local.