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Guillermo Giacosa,Opina.21ggiacosa@peru21.com

El candidato republicano a la Presidencia de los Estados Unidos, el mormón Mitt Romney, tiene una fortuna declarada de 250 millones de dólares y paga el muy moderado impuesto del 14% por sus ingresos. Dice no sentir que deba excusarse por haber tenido tanto éxito en sus negocios ni –supongo– por pagar una tasa impositiva que no contribuye a una más armónica distribución de la riqueza. Visto desde la óptica del pensamiento cristiano evangélico, ese dinero es una señal del "favor de Dios" y, naturalmente, puede hacer con él lo que quiera, sin que a su creador se le altere un solo pelo en el caso de que los tuviera.

Hace una semana, en Detroit –ciudad considerada como la capital del carro estadounidense–, Romney expresó, ante los empresarios locales de este rubro, su amor por los objetos que ellos fabrican y dijo que posee un Mustang, una Pick Up Chevrolet y un Dodge, mientras que su mujer –siempre según el propio Romney– tiene dos Cadilllac SRX, que cuestan entre 35,000 y 50,000 dólares cada uno. Si bien estas cifras no son excesivas para Estados Unidos, aparecen amplificadas por una situación económica que afecta gravemente a los sectores más frágiles de la población.

Más allá de que el candidato Romney pueda, en función de su ideología, poseer la fortuna que quiera (mientras tenga cómo justificarla), esta exhibición casi infantil de sus bienes no es políticamente oportuna y podría herir los sentimientos de muchos de sus compatriotas. Especialmente los de Michigan, su estado de origen, que ha padecido y aún padece una crisis sin precedentes, con un nivel de desocupación superior al 10%.