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Carlos Basombrío,Opina.21cbasombrio@peru21.com

Ahora bien, además de lo que significa moralmente el causar una muerte, hay circunstancias en que ello tiene efectos políticos. Todos sabíamos que un muerto en Cajamarca tendría un efecto demoledor. Murieron cinco.

¿Buscaba el gobierno este desenlace? Creo que no. Su estrategia era desgastar y aislar a los líderes de la protesta. De hecho lo estaban logrando: el paro ya no era tal, los reservorios empezaron a construirse, 75 alcaldes se reunieron en Lima con el presidente y los sectores pro mineros de Cajamarca anunciaban que saldrían a las calles. Hasta que llegó Celendín.

¿Era inevitable? No. Que mueran manifestantes y policías en temas de orden público no es una fatalidad ineludible, pero viene ocurriendo cada vez más frecuentemente. Con Humala, en menos de un año, van 17.

¿Se pueden evitar? Claro que sí, en la mayoría de los casos. Primero, hay que tener voluntad de que así sea. Luego, en lo operativo, se requiere inteligencia para que haya anticipación y planificación.

Se debe asignar un número realmente disuasivo de policías que cuenten con equipamiento de protección de primer nivel y que estén lo suficientemente entrenados en el uso de armas no letales; incluso temporalmente incapacitantes, pero no letales.

Es decir, disuadir con energía para que el orden se restablezca, pero protegiendo la vida de los policías y de los manifestantes.

¿Privilegio de países desarrollados? Antes sí, cuando el Estado era paupérrimo. En el año 2002 el presupuesto que había en el Ministerio del Interior (Mininter) para invertir era cero, nada. Sin embargo, este año es de casi 700 millones de soles. ¿Lo han malgastado? Ni siquiera eso.

Solo han ejecutado el 11% en siete meses. La incompetencia mata. Los muertos traen crisis políticas y estas pueden, a la larga, terminar con este período de expansión económica.