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Guillermo Giacosa,Opina.21ggiacosa@peru21.com

Ya esto, que debiera ser un simple mecanismo asegurado por la función de honrar la verdad –a la que moralmente está obligada la prensa–, constituye un escollo insalvable pues la propia realidad no es otra cosa que un producto mediático. Un producto donde intereses contrapuestos, defendidos por vastos batallones de palabras e imágenes, asociados a intereses materiales por un lado o a intereses sociales por el otro, se disputan el control de las neuronas de sus clientes. En tanto, quien sea capaz de lograr ese control arropará la realidad como le convenga y guiará hacia donde se le antoje la mal llamada opinión pública. Es decir, la visión mediática adoptada por el público. Gana, evidentemente, quien tiene más horas en radio y televisión y más centímetros de prensa escrita. No se trata de una batalla de ideas, se trata de una batalla de intereses, donde las opiniones de unos adquieren el carácter de profanación de las ideas del otro.

Frente a ello hay una inmensa y a menudo inerme multitud presta a adoptar el discurso dominante. Hay allí de todo un poco: gente que no entiende, gente que no quiere entender, gente que entiende pero disiente, gente que entiende y avala lo que está ocurriendo y gente a la que le importa un bledo todo lo que pasa en su país o en el mundo mientras no le afecte. Todos, en algún momento, asumimos algunos de estos roles sin saber que nuestro destino o el destino de nuestros hijos, depende que de una vez por todas no permitamos que nos engañen.