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Mauricio Mulder, Pido la palabracongresista

Que estamos en medio de un acelerado y notorio cambio climático no es duda para nadie, salvo para el Gobierno que, al parecer, cree que pregonando una política negacionista va a evitar los posibles efectos devastadores que, inevitablemente, se van a producir en la economía de nuestro país.

El calentamiento global en el Perú implica deshielo de los Andes con el consiguiente secamiento de las lagunas que son afluentes de los ríos costeros, los que a su vez riegan los valles costeros, tales como Olmos, Chavimochic y Majes. Pero es al mismo tiempo un proceso de tropicalización del clima costero, especialmente en el norte, con lluvias torrenciales y cambio sustantivo de temperaturas que afectará la agricultura agroexportadora, y propiciará inundaciones que colmarán los cauces de los ríos con la consiguiente afectación de las carreteras y puentes interandinos.

Implica, también, el despoblamiento de la anchoveta y de las principales especies de la fauna marítima de la costa peruana, una de las más ricas del mundo, con el consiguiente colapso de dicha industria. Implica más sequías y friaje en el sur, afectando la salud de la población, la agricultura y la ganadería. Casi todos los sectores económicos se verían afectados y nuestro país tendría que cambiar indefectiblemente sus patrones básicos de desarrollo y de producción.

Pero nada de ello sería culpa o consecuencia de acciones atribuibles a los peruanos. Ni la gran minería ni la depredación de nuestro mar, ni los mineros ilegales que arrojan cianuro a los ríos, ni los deforestadores de caoba y maderas preciosas, ni la letal emisión de monóxido de carbono del parque automotor de Lima, ni seguir teniendo nuestros colectores conectados al mar, han hecho tanto daño como la acción depredadora de las grandes potencias industriales del mundo, principales consumidoras de petróleo, de electricidad, de madera, de minerales, de plásticos y de bienes industriales.

Han pasado 20 años desde que en Río de Janeiro se dijo todo esto. Y 25 años desde los "acuerdos" de Kyoto, no suscritos por los más grandes, con Estados Unidos a la cabeza, responsable del 60% de las emisiones de gas que generan el efecto invernadero, el adelgazamiento de la capa de ozono y el calentamiento global.Y aunque se han hecho algunos avances, lo cierto es que, tal como va el mundo, la humanidad va directa a una situación de colapso que ni los más ingeniosos novelistas de ciencia ficción pueden adivinar.

Y ello, porque los 7 mil millones de seres humanos, hoy, en este momento, tienen necesidad de comer tres veces más y para poder hacerlo están dispuestos a todo. Para ello, deberán trabajar aunque sea ilegal o informalmente. Los gobiernos necesitan producir, a cómo de lugar, para dar de comer a los que no se autosostienen –que son mayoría–, y brindar condiciones mínimas de vida digna a esas personas, lo que tiene un costo muy alto.

Un ejemplo: los mil millones de chinos, que cada día consumen más, necesitan que Brasil siga deforestando su Amazonía para sembrar soya. Eso le da a Brasil los recursos para financiar los programas sociales que cubren a casi 50 millones de personas que viven de la comida que les da el gobierno.

Otro ejemplo: el Perú necesita vender sus minerales a China y EE.UU., que los necesitan a gritos, para financiar aquí programas de inclusión social y aumentos de sueldos. ¿Qué hacemos?