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Pedro Salinas,El Ojo de Mordorpsalinas@peru21.com

Voté viciado en las elecciones generales pero, como dije en este papel, sigo pensando en que la derrota de Keiko Fujimori en los comicios del 2011 fue algo fundamental para el Perú. La sola idea de que el pueblo peruano enalteciera y legitimara al grupo político que, apenas diez años atrás, había caído por corrupto, por violador de los derechos humanos, por su talante autocrático y porque envileció la política hundiéndola en lo más profundo de la ciénaga, era una imagen de pesadilla. Y de vergüenza.

Pensé, en cambio, que el triunfo de Ollanta Humala se traduciría, ya saben, en un gobierno signado por la medianía y la torpeza, que es lo de siempre en el Perú. Algo parecido al de Toledo, digamos. Ni chicha ni limonada, o así. Y con eso me daba por bien servido, la verdad.

Entonces, como ciudadano opté –a diferencia de quienes entonces lo odiaban y ahora lo aplauden– por darle el beneficio de la duda. Y decidí creer en su conversión hacia la morigeración, lo que significaba en la práctica dejar atrás sus ridículas pretensiones de emular el modelo autoritario y vertical de Hugo Chávez o Velasco, dando casi por hecho que la democracia, mal que bien, mantendría su vigencia y la hoja de ruta se respetaría.

Pero no. Lo que estamos viendo es un gobierno que, en lugar de abrazar la democracia, empieza a perfilarse en uno de raciocinio militar, además de improvisado, desbrujulado, carente de liderazgo, ombliguista e impermeable al diálogo. Tal cual.

Como comentó Javier Torres en LaMulaTV: "Basta un militar en este gobierno". Y ya ven. No hay uno, sino cuatro: el presidente Humala, el premier Óscar Valdés, el ministro del Interior, Wilver Calle, y el asesor en la sombra, Adrián Villafuerte. Todo un pequeño ejército que, aunque vista de civil, considera que lo que dice el jefe debe acatarse sin dudas ni murmuraciones; que la confrontación se resuelve con tácticas de guerra; que los ciudadanos que protestan son, en el mejor de los casos, hostiles; que la mano dura o el guante de hierro, o la bota en el culo, son sinónimos de orden y solución.

En síntesis, si me preguntan, para que se sienta un cambio importante en este gobierno con charreteras, las transformaciones deben ser radicales. Y notorias. Esto quiere decir que Óscar Valdés debe ser expectorado como el lastre e incapaz que ha sido. Y Calle y Villafuerte, igual. Chau.

En su lugar pondría a más ministros con el perfil de Pulgar Vidal. Y ese nuevo gabinete debería establecer derroteros y nortes claros (que actualmente no existen) y gestos inequívocos que consoliden el orden democrático y nos permitan recuperar la confianza a los peruanos.

De lo contrario, "un cambio de premier sin cambio de política sería un simple enroque", como ha anotado Mirko Lauer. Y ello, como comprenderán, dejará el saborcito que "esto puede ir a peor", como me dijo hace poco Marissa Glave. Más todavía. Esa actitud de milico intransigente, que ya olvidó su promesa de buscar a la par el crecimiento económico y la inclusión, solamente nos llevará, una vez más, a una situación que hará peligrar la estabilidad política del país.

Porque, vamos. Como vienen desarrollándose las cosas hasta ahora, matices más o matices menos, "este es el gobierno que la derecha soñó hacer con Keiko Fujimori", tal cual apostilló César Hildebrandt en su semanario. Pues eso.