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Guillermo Giacosa,Opina.21ggiacosa@peru21.com

Impunes, sin pasado, retornan, con nuevas prácticas, a eliminar a todo aquel o todo aquello que los contradiga.

El 17 de febrero de 1600, un día como hoy –hace 412 años–, Giordano Bruno, uno de los más geniales filósofos renacentistas, cuyas intuiciones preanunciarían los logros de Galileo, Leibniz o Einstein, fue condenado a morir en la hoguera por haberse negado a rehusar de sus ideas. Bruno cometió el error de llevar aún más lejos las teorías de Copérnico, atreviéndose a afirmar que la Tierra no solo no era el centro del mundo, sino que el Universo carecía de centro y que no podía sumergirse en semejante categoría. Dios, decía, "en su omnipotencia, no puede mantener una relación privilegiada con una parte cualquiera de su creación". El ser humano, por tanto, no puede ocupar un lugar privilegiado. Bruno afirmaba que si el poder de Dios es infinito, debe haber creado un universo también infinito y una pluralidad de mundos donde deberían "existir otras humanidades".

El proceso que se le abrió por permitirse pensar tan brillantemente le costó ocho años de reclusión en el Palacio del Santo Oficio, en el Vaticano, y tormentos indescriptibles, para luego ser quemado vivo. Galileo, 33 años después, abjuró de sus ideas para evitar las llamas. Ambos padecieron el mismo inquisidor cuyo nombre no merece recordarse, pero que todos identificaremos con los intolerantes actuales que, en su fuero interno, lamentan no poder seguir quemando a sus víctimas.