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Roberto Lerner,Espacio de crianza

Parece problema matemático o físico. Pero es uno típicamente interpersonal y que atañe, más específicamente, a las parejas modernas. El alargamiento de la vida, el inicio más temprano del romance y el comienzo más tardío del matrimonio, significan, inevitablemente, que las personas tendremos muchas más parejas que cuando comenzábamos tarde, nos casábamos pronto y dejábamos de existir más o menos jóvenes.

"La verdad es que estoy muy confundida", me dice una joven universitaria que acaba de concluir su primer año de estudios superiores. No es lo único que ha concluido. "Antes" —parece hablarme alguien de 40— "si no querías ver a tu ex, pues, te las arreglabas para no coincidir con él; y si por ahí te provocaba encontrártelo, tenías que hacer un poco de planificación. En ambos casos no era tan fácil, aunque sí posible".

A su costado, cerca de las rodillas, al alcance de su mano, yacen dos celulares, que ella mira de tanto en tanto y que emiten soniditos variados.

"Ahora no hay manera de alejarte. Sabes dónde se encuentra, lo que hace, con quién sale, puedes escribirle y recibes mensajes suyos. Es como un televisor que nunca está del todo apagado, como dormir con un ojo abierto, como estar enfermo no grave pero sí incurable", reflexiona con genuina ansiedad en su voz.

La cosa va más allá. Las reglas de la amistad también se ven alteradas. Si antes una persona sin pareja era libre de ligarse con otra sin transgredir los códigos de lealtad entre pares, el indefinido territorio de los y las ex que no lo son de manera definitiva o nunca dejan de serlo, contiene trampas: cortejarse o estar con uno puede terminar los vínculos amicales más sólidos.