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Mauricio Mulder, Uso de la PalabraEl 1 de enero, al entrar en vigencia la Ley de Presupuesto, aprobada en noviembre en el Congreso, Ollanta Humala asumirá el cien por ciento de las responsabilidades de la conducción del país, puesto que hasta la víspera, estando todavía vigente la ley presupuestal aprobada en el año 2010, las prioridades presupuestales de sus promesas de campaña no han sido puestas en práctica.

En el 2012, por tanto, deberán entrar en vigencia las líneas maestras de lo que se dio en llamar "inclusión social" y que se concentraría en un marcado sesgo asistencialista, en el Plan 65, en triplicar el Programa Juntos, en eliminar el régimen CAS, reducir el precio del balón de gas, la Beca 18, etc.

Dinero. Dinero a raudales. Dinero para gastar en entregas directas y en pagos firmes en efectivo. Dinero público, no privado. Los montos no son fáciles de determinar pero, si calculamos un 5 por ciento del presupuesto, estaríamos por encima de los 4 mil millones de soles, cifra nada desdeñable si, además, al gastarla, no debe generar cifras inmanejables de inflación, la que ha llegado al techo del 2 por ciento como máximo .

Por eso ha dicho: 'Conga va', en frase que resume todo su programa de gobierno. Sin Congas no hay plata, así de claro. No sabemos si esa reflexión, que supone una dosis aceptable de realismo, característica sine qua non que todo jefe de Estado debe tener si desea éxito en su gestión, se asumió durante la campaña o ya como presidente, pero sí es una realidad que al adoptarla se llevó de encuentro a los que, aunque lo hayan acompañado desde sus orígenes, hoy decidieron cuestionarlo. Y eso no es otra cosa que lo que ya les ha sucedido a otros presidentes, que resumieron ese factor en la célebre frase: la ultraizquierda sirve para llegar pero no para gobernar.

Esa izquierda se ha ido tirando la puerta. Los que se quedan se convierten automáticamente en derechistas, militaristas, neoliberales, etc. No hay novedad al respecto. La novedad estuvo en la oportunidad en que se dio el desenlace, aprovechándose la coyuntura de Cajamarca, hecho que sin duda se percibió en Palacio no como la demanda natural de un pueblo que había escogido el agua frente al oro, sino como una ofensiva conspirativa de una izquierda deseosa de marcar la cancha desde el saque.

Y si la política se mide por sus resultados, la compulsa cajamarquina le ha resultado positiva al Gobierno. Asustó con el estado de emergencia, pechó a su presidente regional intransigente y pelele de la ultra y logra, mal que bien, romper la aparente unidad de acción contraria con un dialogo fructífero con los alcaldes más interesados y con las comunidades directamente afectadas.

El Rubicón ha sido cruzado. No le quedaba otra. Y ya no puede retroceder.

Por hacer exactamente lo mismo, Alan García fue estigmatizado e insultado por el propio Humala y se dijo hasta el cansancio que se había generado más desigualdad y miseria. La vieja izquierda comunista, dogmática y ultraconservadora, ponía la agenda del candidato, el que era visto como un inexperto fácilmente manejable destinado a llevarlos por fin al poder, fin supremo de su accionar histórico.

Desmentidos por la realidad, que marcó una reducción de 20 puntos en el índice de pobreza (6 millones de personas), hoy Humala debe asumir el reto de cumplir promesas sin que se detenga el crecimiento económico, lo que supone, al mismo tiempo, inversión directa venga de donde venga. ¿Cómo tratar con esa inversión? He ahí la gran cuestión. ¿Recuerda quién dijo eso, señor Humala?

En el camino deberá resolver las inconsistencias de su bancada, la inexistencia real de un partido y la inevitable ola de reclamos que vendrá no necesariamente de parte de los no incluidos, sino de los que, teniendo algo –salario, sindicato, derechos precarios y acceso a la vida urbana–, tienen mejor capacidad para ponerse en la primera fila de la llamada "gran transformación".

Y allí es donde se ven los toreros, en el ruedo. Y Humala es, todavía, un debutante.

  • Cecilia Valenzuela está de vacaciones.