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Carlos Carlín,Habla.BabasEs martes, 9 y algo de la noche y sigo tirado en mi cama mirando el partido de vóley Perú – Canadá. Entre mates y zagueros me acordé que trabajo en la TV y que mi programa es a las 11 p.m. Pero ¿a qué programa voy a ir si el vóley se prolonga y luego viene 90 Segundos? Igual me paro, me paso un peine por la cabeza, me pongo el saco y la corbata y manejo rumbo al canal. ¡Bienvenidos a la madrugada es mía! fueron mis primeras palabras cuando, casi a las 12 de la noche, salí al aire. Estaba picón, con sueño y la corbata me laceraba la papada. Hubiera preferido que me avisen que no habia programa y jamás me hubiese movido de mi cama. Pero al aire mi ánimo cambió. Siendo las doce podrían haber salido las brujas y los sapos y con ellos la colección de notas truculentas, pero no fue así. El ambiente se distendió, la banda después de mucho tiempo empezó el programa ¡tocando!. Mis productores, laxados por la hora, no tenían presión del rating y la competencia mordiéndoles la yugular. ¡Eran las 12 de la noche! Se podía hablar con tranquilidad de todo, más relajo y menos tensión, más juego y menos opinión. ¡Se podía jugar! Total, ¿cuántos nos verían a las 12? Pero nos vieron y bastante. Ojalá siempre sean las 12 de la noche. Ojalá siempre haya vóley.