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Mauricio Mulder,Pido la palabraDaniel Abugattás dice que con el cargo de presidente del Congreso no se siente a gusto porque le inhibe de la posibilidad de debatir abiertamente en defensa de sus puntos de vista. Aunque en ningún momento se ha privado de decir todo cuanto se le ocurre contra otros congresistas, ya sea en la prensa o desde el propio estrado presidencial del hemiciclo, tiene razón cuando señala que el presidente del Congreso debe abstenerse de ser protagonista directo de los debates parlamentarios, pues su papel es el de representar al conjunto de las fuerzas políticas y ser imparcial en el respeto a las normas comunes del debate.

Siempre lo creí así, y por eso jamás busqué ese cargo en todos los años que llevo de parlamentario, y menos cuando sí había reales posibilidades de lograrlo. A algunos nos gusta más el debate y, a otros, la negociación. Es normal y ha sido siempre así. Es verdad que no hay impedimento legal, pero es norma consuetudinaria que el titular del Legislativo debe ponerse por encima del debate y propiciar la búsqueda del entendimiento, del diálogo y del consenso.

Si bien es cierto que nuestra democracia es aún incipiente, y pudo ser un mal ejemplo la abusiva forma con la que se manejó el Congreso en los años 90 –cuando la mayoría fujimorista manejaba la Mesa Directiva y las presidencias de todas las comisiones al cien por ciento–, no lo es menos que los actuales mecanismos de diálogo y consenso, creados luego de recuperada la democracia, en 2001, se han convertido en aceptables normas de convivencia en todos los Congresos, caracterizados por su fraccionamiento y atomización política.

Daniel Abugattás debutó en la política con caracterizados signos de confrontación y de polémica, y no estuvo ajeno a protagonizar sonados escándalos. Estos lo catapultaron a la fama y, desde entonces, no le ha sido difícil asentar su figura como uno de los principales voceros del proyecto de poder del Partido Nacionalista, al punto de convertirse en una de las personas más cercanas al entorno presidencial y de ser potencial y permanente precandidato a primer ministro. Todo un brazo derecho presidencial.

Pero, dados los estilos actuales del Poder Ejecutivo y del propio presidente Ollanta Humala, en los que las formas no confrontacionales prevalecen y en las que es notorio que busca alejarse del debate estrictamente político, apareciendo solo en inauguraciones de obras o en capturas de terroristas, es muy posible que la reciente coyuntura haya minado el peso de Abugattás con respecto a su gobierno que, más bien, busca enfriar los escándalos políticos en lugar de creárselos.

No sabemos si las cosas puedan cambiar más adelante. Las declaraciones de muchos parlamentarios nacionalistas, como Otárola y Rimarachín; el respaldo a Nancy Obregón y a Elsa Malpartida; la contratación de la esposa de Antauro Humala, nada menos que directora de un periódico que pregona la lucha armada contra el actual gobierno; la creación del programa de gestores y el copamiento de militantes en toda la administración pública no permiten despejar las dudas sobre si el Gobierno pasará o no más tarde a una política confrontacional que eche al traste la llamada Hoja de Ruta.

Humala, al parecer, ha abdicado de su función de conducir a su partido y, sobre todo, a sus congresistas. El desorden es evidente, y la falta de liderazgo, también. Pero no estoy dispuesto a descartar que todo esto sea un esquema propiciado para pasar más adelante a una radicalización confrontacional y a un copamiento de incondicionales con fines de permanencia en el poder. Que corran las apuestas.