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Guillermo Giacosa, Opina.21ggiacosa@peru21.com

La novedad de esta expedición a la que hago mención, la constituía el hecho de que los científicos viajaron sin celulares y sin laptop. El objetivo era observar los cambios que operaban en ellos libres de esos juguetes tecnológicos. El organizador de este viaje, un profesor de psicología, ya venía estudiando cómo operan los frecuentes estímulos digitales sobre el aprendizaje y los posibles déficits que generan, y cómo el uso compulsivo de los mensajes de texto, por ejemplo, genera ansiedad y distrae la atención debida al trabajo que se está realizando.

Los científicos comprobaron rápidamente que dormían mejor, que hora a hora iban perdiendo el reflejo de mirar constantemente sus celulares y que hasta olvidaban llevar consigo sus relojes. Al tercer día, en medio del fascinante paisaje y entregados a las intensas emociones producida por el canotaje, descubrieron que sus pensamientos no solo se expresaban con mayor claridad, sino que nuevas ideas daban respuesta a las investigaciones que habían dejado en curso en la ciudad.

Otro estudio señala que, quienes regresan de un paseo por espacios naturales, aprenden mejor y más rápido que quienes han realizado un paseo similar pero al interior de una ciudad. La conclusión es que una dosis de naturaleza tiene efectos benéficos sobre el cerebro. Es fácil imaginar las razones pero sería difícil romper, aunque sea transitoriamente, con nuestra dependencia de la tecnología.