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Guillermo Giacosa,Opina.21ggiacosa@peru21.com

Existe, por ejemplo, un grupo de niñas de entre 13 y 14 años que se llaman a sí mismas 'Las Damas de Rosa', que disparan a un blanco con fusiles de alto poder. Al relatar esto no puedo menos que pensar en la fragilidad emocional de los adolescentes y en lo potencialmente explosivo de este 'juego'. ¿Imagina un matrimonio peruano a su hijita haciendo parte de semejante grupo? Un ingeniero afirma que usa armas en procura de paz interior. Dice: "Concentrado en el ajuste de la mira, en jalar el gatillo y en mi posición, no me preocupo de nada más. No pienso en otra cosa. Es tranquilizador y terapéutico", y aconseja: "Todo el mundo debería tener algo que le dé paz". Para mí, dice otro, "es obvio que mientras más personas porten armas de fuego, o las tengan en sus hogares, más se reducirá la comisión de delitos". Podríamos agregar a esta opinión que también se multiplica la posibilidad de masacres como las ya conocidas.

En situaciones de peligro, la parte más antigua de nuestro cerebro (que tiene 200 millones de años) asume el mando. En tanto, la razón (que tiene apenas 80 millones de años) queda relegada y nuestro accionar depende de una central instintiva que no distingue el bien del mal ni mide consecuencias. Fue diseñada para usar brazos, palos o piedras. Poner armas de fuego a su alcance conduce a la tragedia. Pero, como la afición a las armas se asienta sobre un gran negocio, erradicarla es más riesgoso que enfrentar la tragedia.