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Guillermo Giacosa,Opina.21ggiacosa@peru21.com

Simultáneamente, en Francia, un profesor de secundaria exige a sus alumnos redactar un texto sobre el propio suicidio y recrimina a algunos de ellos por no ser lo suficientemente explícitos. En nuestra especie, el número de adolescentes suicidas es muy alto, y quienes pasan la barrera de los 100 años no son demasiados. Me pregunto, tomando los casos de Niemeyer y De Oliveira –a los que podríamos agregar al gran Ernesto Sábato, fallecido hace poco con 100 años–, hasta qué punto la pasión creativa –los tres la han tenido en grado extremo– ha desempeñado un papel en sus respectivas longevidades. Si así fuera, estaríamos confirmando el rol decisivo que el adecuado estímulo de las neuronas tiene en nuestra supervivencia.

Por todo esto vale preguntarse: ¿corresponde al compromiso y pasión con el propio trabajo y con los propios sueños una vitalidad más plena? ¿Equilibrar la problemática interior, que suele ser absorbente durante la adolescencia, con actividades en las que los jóvenes puedan canalizar sus intereses y creatividad, no sería más útil que las tediosas clases en las que se enseña lo que pocos están interesados en aprender? Evidentemente, sí. Pero para ello hacen falta maestros apasionados e ilustrados. Maestros que transmitan su compromiso con la vida. Maestros liberados de la carga neurótica que significa sumar y restar para saber si llegarán a fin de mes.