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Lucía de Althaus,Opina.21quererteatiperu21@gmail.com

Uno de los temas más complicados en la crianza de hoy en día suele ser la puesta de límites, sobre todo si el pequeño de la casa tiene carácter fuerte y no se deja amaestrar fácilmente. En mi consulta aparece con frecuencia la misma pregunta: "¿Cómo hago para que me obedezca? Si le hablo, no me hago caso, y si le pego, me siento una mala madre". Entonces intento explicar algo que a mí me funciona con mi hija menor, la rebelde de la casa: empatizar con sus emociones primero y poner el límite después. "Entiendo que estás cansada, pero hay que lavarse los dientes"; "me doy cuenta de que estás molesta, pero no te puedo permitir que me grites". Si esto sucede de manera genuina, es decir, que intentamos de verdad entender sus pequeñas-grandes frustraciones, el niño se siente inmediatamente más tranquilo (pues ha sido entendido), lo que le hace bajar la guardia y estar más dispuesto a seguir las reglas. No nos olvidemos de que los niños son más emoción que razón, así que, señalando lo que sienten, los ayudamos paulatinamente a pensar y a razonar.