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Carmen González,Opina.21c.gonzalez@ceprovi.org

Al alumno Guerrero lo hacía tomarse de las manos con otro chico como si fueran "pareja"; a otro le decía "hueles a pichi, cochino, báñate", y como este era bajito, lo obligaba a borrar la parte alta de la pizarra dando saltos. Todos se burlaban.

Mi hipótesis es que, conscientemente, puede haber querido enseñar puntualidad, pero lo oculto –lo inconsciente– es que guarda impulsos sádicos por su propia historia infantil. Recibió o vio maltratos que le despertaron intensas emociones de dolor y odio; se identificó con el agresor. Es cruel con quien percibe que es temeroso, como él lo era.

Los daños de los profesores pueden ser irreparables tratándose de niños y muy graves en los adolescentes. No se dan cuenta de que muchísimas veces son el último punto del camino, donde las criaturas maltratadas en sus hogares y sedientas de amor pueden beber un poquito de agua emocional. ¡Y hay tantísimos profesores crueles! Su miedo a reconocerlo les impide ver que lo son. Al Ministerio de Educación "le llega" lo emocional. Los marcas, suicidas, trastornados mentales, psicópatas, pasaron por el colegio, ¿verdad? ¿Los directores y profesores estarían mirando las musarañas o maltratándolos?