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Fritz Du Bois,La columna del directorCómo han cambiado los tiempos, hace pocos años el Jorge Chávez era una historia de incomodidades. Hoy tenemos un aeropuerto moderno que ha triplicado el número de pasajeros y ha sido galardonado como el mejor entre los sudamericanos. Incluso, ya ni se escucha hablar a los que cuestionaron su concesión tratando de re-estatizarlo.

Sin embargo, hay cosas para las cuales el tiempo no ha pasado e involucra el ineficiente manejo del Estado.

Así, tenemos que si uno tiene la mala suerte de arribar al aeropuerto en hora punta –la cual parece ser la hora de las brujas– no es extraño que para pasar migraciones tenga que esperar más de una hora haciendo cola. Esta queja lleva años, sin embargo, por algún oscuro motivo nunca aclarado, el sector Interior se niega a aumentar significativamente el número de funcionarios asignados.

Luego de ese vía crucis, uno recoge la maleta y empieza la siguiente tortura que nos tiene reservada el Estado peruano: la interminable fila en aduanas para apretar un botón como si fuera un semáforo. Dicho sistema fue válido para reducir la discrecionalidad de los aduaneros cuando los aranceles eran elevados, pero hoy en día se ha convertido en un cuello de botella innecesario.

Por otro lado, no se requiere de grandes recursos para solucionar los problemas causados por esas dos entidades del Estado, simplemente es cuestión de voluntad para enmendarlos. Más aún, si consideramos la contribución al bienestar –así como a la caja fiscal– que representa el sector turismo y también el enorme gasto de difusión de la marca Perú que actualmente se está realizando, parece absurdo el arriesgar que ese esfuerzo y dinero sea desperdiciado ante la pésima imagen de bienvenida que damos.

Al final, al turista que ha cruzado el Pacífico o el Atlántico, ilusionado, lo recibimos con un suplicio injustificado que hará que más de uno se arrepienta de habernos visitado.