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Guillermo Giacosa,Opina.21ggiacosa@peru21.com

Viendo varias películas al mismo tiempo, tomé conciencia de que el denominador común eran las armas. Las había de todo tipo y tamaño, y los intérpretes las utilizaban con el mismo desparpajo con el que uno utiliza algún miembro de su cuerpo.

Asistí a un centenar de asesinatos en los que no recuerdo haber reparado en el menor gesto de compasión o arrepentimiento. Para quien tener un arma en la mano, como yo, es una situación límite –incluso difícil de imaginar–, sorprende que en las películas aparezca como la más natural de las conductas.

Lo visto me dejó el extraño sabor de que rechazar las armas debe sonar a cobardía, a ausencia de hombría. ¿Tendrá esa conducta efecto sobre los espectadores? Supongo que un niño que asiste a diez mil, cien mil o un millón de muertes debe terminar creyendo que es natural andar armado y que es natural apretar un gatillo. No citaré Columbine, Aurora o Oak Creek (ayer), pero esos casos no parecen tan frecuentes en otras latitudes como lo son en Estados Unidos. Supongo que el efecto existe pues uno de esos enfermitos que amenazan por mail y que me escribe frecuentemente pretende amedrentarme hablando del poder de fuego de Estados Unidos. Es un paciente local, pero ha sido idiotizado a la distancia por el relumbrón de tanta metralla y de tan salvaje menosprecio por la vida.