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Pedro Salinas,El Ojo de Mordorpsalinas@peru21.com

Lo inquietante de las historias de amor clandestinas e imposibles es que, luego, siempre se descubren. Y alguien las cuenta. Como ocurrió con la historia de Fernando y Mariví, una pareja de argentinos que, si no la saben, se las narro en cortito.

La fecha clave donde empezó a caerse todo como fichas de dominó fue el 10 de enero del año pasado. Ambos llegaron ese día al aeropuerto de Ezeiza, por separado. Ella tomó el vuelo de Continental con destino a Miami. Y él, con pasaporte diplomático, se embarcó en un avión de American Airlines hacia el mismo lugar.

Una vez arribados a los Estados Unidos, volaron juntos al Distrito Federal de México, donde tomaron un jet que los dejó en el aeropuerto Bahía de Huatulco, en Oaxaca. Y de ahí se trasladaron a la paradisíaca Villa Balnearia Puerto Ángel, en San Pedro Pochutla, donde se alojaron en el exclusivo Hotel Boutique Casa Bichú, un lugar aislado que cuenta con apenas nueve cabañas lujosísimas y muy alejadas unas de otras, rodeadas de palmeras y con vista al mar.

Ahí disfrutaron de exóticos platos y vinos refinados. También snorkelearon, pescaron con red, disfrutaron el jacuzzi, del cual salían envueltos en batas blancas impolutas, para luego volver a quitárselas y practicar un sexo desenfrenado y abrasador. Dicen los testigos que Fernando salía por las noches a la terraza hecha de cañas de bambú para fumarse un habano. Como para coronar la jornada, digamos.

Como sea. No vayan a pensar mal de Mariví porque ella es desde hace rato divorciada. Y libre. Además, es una empresaria gastronómica, propietaria del restaurante Jolie Bistró ubicado en Belgrano. Tiene 55 años, tres hijos y es rubia. Y Fernando, para más señas, no está casado y es el padrino de bautismo de Jaime, su primogénito.

El único temilla en este caso es que Fernando, pese a su condición de soltero, también era el obispo de la diócesis Merlo-Moreno y presidente de Cáritas de América Latina.

Por cierto, la luna de miel continuó. El periplo siguió en las playas de Xicatela, en Puerto Escondido, donde se quedaron tres días más en un hotel llamado, paradójicamente, Santa Fe.

Como sea, las lunas de miel, ya saben, se acaban. Y, al final, cada uno regresó en sus respectivos aviones a Buenos Aires, renovados y bronceados. Y nadie sospechó nada hasta que, hace una semana y media, un canal de televisión argentino propaló unas fotos comprometedoras que muchos de ustedes habrán visto. El obispo se defendió, claro. Dijo que la blonda era una "amiga de la infancia" y reconoció sin ruborizarse "cierta imprudencia" pues las fotos se prestaban a "malas interpretaciones".

Lo cierto es que, efectivamente, Mariví era una amiga de cuando ambos vivieron en el mismo barrio, en Córdova, cuarenta años atrás. Y lo han seguido siendo después, porque, oigan, monseñor Fernando Bargalló, aunque no me lo crean, fue quien celebró su matrimonio. Pero ya habrán escuchado la frase: la verdad siempre sale a la luz. Y eso fue lo que pasó. Una investigación del diario Crónica destapó todo.

El prelado, quien incluso advirtió de una "persecución política" en su contra, terminó aceptando lo evidente y renunció esta semana, poniendo otra vez sobre el tapete el incumplimiento de aquella norma disciplinaria en que suelen incurrir los clérigos. Me refiero al celibato, obvio, aquella absurda institución que la iglesia católica debería desterrar para siempre. Digo.