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Ricardo Vásquez Kunze,Desayuno con diamantes rvasquez@peru21.com

Es difícil de creer que la Primera Dama de la Nación no sepa a estas alturas del partido cuál es el papel que tiene que cumplir como consorte del Presidente en los actos públicos. Tampoco que quienes desde siempre han "flexibilizado" el protocolo para complacerla sean hoy los culpables de ese desconocimiento (o sea, la Cancillería). Porque, según los medios de prensa, esta parece haber sido la causa de que la Cumbre del ASPA pasara a la historia como la del desplante desafiante y grotesco que la Primera Dama se permitiera hacerle al Presidente ante las cámaras de televisión de todos los países del mundo y ante una legión de dignatarios extranjeros.

Acostumbrada a hacer lo que le da la gana, a coordinar y despachar directamente con ministros, ponerlos y sacarlos y a encaramarse como reina junto a su esposo en las tribunas oficiales cuando el Perú hace casi 200 años que dejó de ser monarquía, la Primera Dama sabe perfectamente cuál es su papel en el gobierno. Lo dejó claramente establecido cuando con cara de palo simplemente le dio la espalda al Presidente no importándole ni las cámaras, ni los jeques, ni los presidentes vecinos, ni el qué dirán. Si algo no le gustó fue, sin duda, que no le dieran "su lugar" en el jaleo. Su esposo podía esperar a la Kirchner; ella no.

Pero si la Primera Dama no tiene razón para culpar de sus exabruptos a los nobles y serviciales diplomáticos de Torre Tagle que la han mimado hasta el hartazgo –¡pobres, qué difícil es ser diplomático!–, el que sí debiera estar molesto con ellos es el Presidente porque aún no le han hecho saber, con la certeza que impone el caso, cuál es su papel de Presidente de la República y cómo debe comportarse en cuanto tal.

Y es muy sencillo. El sentido común manda que el Presidente deba guiar todos sus actos públicos con dignidad, gravedad y majestad. Eso pasa por no dejarse humillar por nadie, menos por su entorno doméstico. Porque, como el Presidente personifica a la nación, una falta de respeto, un desafío o un desplante lo son también para la nación entera.

Pero la cosa va más allá. Políticamente que alguien deje con la palabra en la boca al Presidente en público trae como consecuencia horadar su autoridad, máxime si quien lo hace es su esposa. Y si la persona más cercana puede faltarle el respeto en público, de suyo va que cualquiera puede hacerlo más adelante y en cualquier lugar. De más está decir que el principal activo de un Presidente es su autoridad. Cuestionada esta, la defunción política está a la vuelta de la esquina porque ¿para qué sirve un Presidente sin autoridad?

Es cierto que estamos en una época donde los roles domésticos se intercambian con facilidad. Pero una cosa es "Quién manda a quién", donde el hombre lleva el músculo y el plumero y la mujer el cerebro y la billetera, y otra, muy distinta, el Presidente y la Primera Dama. En privado, fuera del escrutinio público, entre las cuatro paredes de su hogar, esposo y esposa pueden disponer de sus roles como les dé la gana. En público, lo peor que podría pasarle a la Presidencia Constitucional de la República es confundir al señor con la señora Humala. Lo tragicómico es que esto se está convirtiendo en uno de los peores problemas de este gobierno al que todavía le faltan cuatro años y donde los que mandan en los hechos no son los que deberían mandar en el papel.

Así que ya va siendo buena hora de que al "sí, amorcito" de Ollanta Humala se sume el "no, señora" del jefe del Estado.