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Mauricio Mulder,Pido la palabraCongresista

El ministro de Salud, Alberto Tejada, ha declarado ante la Comisión de Fiscalización del Congreso que el informe denominado 'Monitoreo ambiental participativo en el ámbito del proyecto Xstrata Tintaya' no existe o, por lo menos, no es de su despacho. Dijo que el único informe sobre la contaminación de suelos en la provincia de Espinar era en torno al proyecto Quechua y no a Tintaya. Si el primer informe –aludido por la congresista Verónika Mendoza– existe, extraña que no se haya hecho público porque, supuestamente, les da la razón a los protestantes.

El ministro, además, ha reseñado un hecho contundente que recién se está sosteniendo: que la presencia de mercurio y arsénico en la zona del proyecto Quechua no se debe a la actividad minera. Y la razón es muy sencilla: Quechua está a 9 kilómetros de Tintaya, pero a 500 metros más de altura. Y por ser justamente esa zona del sur de la provincia de Espinar más alta, las aguas discurren de sur a norte, es decir, DESDE Quechua HACIA Tintaya y, por lo tanto, es imposible que haya contaminación acuífera de abajo hacia arriba. Pero, claro, para agudizar las contradicciones y hacer politiquería con derramamiento de sangre, los ultras no necesitan recurrir a argumentos valederos. Basta con repetir una mentira varias veces para tener plataforma de lucha. Como decía Hitler, "mientras la mentira sea más grande, más se la creerán".

Pero tras todo ello, y detalles aparte, se esconde, a mi modo de ver, una visión del mundo retrógrada, conservadora, de arrogancia racista disfrazada de compasión solidaria con lo indígena, pero que condena a las etnias paternalmente 'protegidas' a ser parte de un paisaje sin opción al desarrollo y a la modernidad tecnológica y académica.

Son opciones que no van a la médula de la problemática del calentamiento global, sino solo al aspecto estrictamente político de sus consecuencias. Se disfraza un discurso medioambiental, pero se renuncia al derecho al desarrollo, con lo que, en la práctica, nos condenan a ser siempre víctimas del imperialismo depredador. En lugar de oponerse al calentamiento global impulsado por el capitalismo, se oponen a las únicas opciones que tienen para salir de la pobreza añadiendo, incluso, dogmáticos componentes religiosos que la terminan convirtiendo en una penitencia inevitable y fatal.

Las movilizaciones no cuestionan este tema de fondo: que los países responsables del calentamiento global no se hacen responsables de los pasivos ambientales en nuestros países porque nuestras sociedades no exigen a sus gobiernos que introduzcan esa agenda en sus reclamos internacionales. Esos países (Estados Unidos, China, India, Brasil y otros) son responsables del deshielo de los Andes y del fenómeno El Niño, presente cada dos años, y eso no los afecta a ellos sino a nosotros.

¿Por qué UNASUR o la OEA no le reclaman a Estados Unidos el no haber suscrito el Tratado de Kioto? ¿Por qué los países afectados por el cambio climático no exigimos reparaciones por las catástrofes que se producen en nuestro país por el cambio climático: inundaciones, lluvias descontroladas, huida de la anchoveta de nuestras aguas, deshielo de las nieves eternas, heladas en el sur, etc.?

Nada de eso está en nuestra agenda, sino la idiotez de añorar un mundo sin minería, como si la agricultura (y casi toda actividad humana) no fuesen igualmente contaminantes.