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Guillermo Giacosa,Opina.21ggiacosa@peru21.com

Podría ocurrir que en el año 2050 tomemos píldoras que suplanten los maravillosos –aunque cada vez más contaminados– alimentos de hoy. O quizá ingiramos berenjenas, alcachofas y brócolis transgénicos y algunas margarinas de plástico. Difícil predecirlo en un planeta cuyos furiosos cambios no percibimos con claridad pues los medimos con nuestro minúsculo tiempo humano. De eso se aprovechan políticos, economistas y empresarios para hacernos creer que todo va bien. Aunque, más allá de las mejorías económicas en algunos países emergentes –como Perú, por ejemplo–, el clima general, que incluye lo ambiental y lo cultural –es decir, el aire que respiramos y las contaminaciones que soportamos más nuestro hacer diario bajo los condicionantes económicos, financieros y políticos–, anda mal, muy mal.

Quienes envenenan la casa común no están dispuestos a dejar de envenenar, pues eso perjudicaría sus negocios y ellos están dispuestos a cuidar sus bienes aunque para ello se queden sin el planeta que les sirve de sustento a su alienación. Las Naciones Unidas (ONU) han revelado que los países industrializados aportan 27 mil millones de dólares como subsidio a empresas pesqueras que no practican una pesca sostenible. Quiere decir que les importa un bledo lo que ocurra con el mar en los próximos años. Esos canallas apuestan a que con ellos desaparezca la humanidad y los tiene sin cuidado, no de otra forma se puede interpretar una conducta tan dramáticamente suicida. Los industrializados consumen tres veces más pescado que los más pobres y el recurso lo obtienen depredando aguas internacionales con barcos cada vez más sofisticados.