Turba turbia. La izquierda ha exagerado los alcances nocivos de La Resistencia para equipararlos con el vandalismo de la ‘Toma de Lima’.
Turba turbia. La izquierda ha exagerado los alcances nocivos de La Resistencia para equipararlos con el vandalismo de la ‘Toma de Lima’.

Es evidente el interés de cierta izquierda por exagerar los alcances de La Resistencia. Su narrativa ha querido convertir a cuatro gatos revoltosos en una célula fascista. Dentro de esa lógica, la funa con tomates a la librería El Virrey la noche en que se anunció la presencia de Vladimir Cerrón fue algo así como Kristallnacht. La estrategia parece funcionarles: polarizar a La Resistencia con la ‘Toma de Lima’ para ubicarse al medio, o incluso para inclinarse del lado de los luchadores sociales que asaltan aeropuertos e incendian comisarías y sedes del Poder Judicial.

La mención a la librería no es casual. La izquierda progre logró instalar el discurso de que la derecha solo va a la biblioteca a lanzar huevos. Esta DBA, como reza la caricatura, defiende universidades chicha y vota por razones económicas. La izquierda, en cambio, vota por memoria y dignidad, dos argumentos morales (‘demandas posmateriales’, diría un politólogo). Por eso se tapan con asco la nariz frente a ‘La Pestilencia’, ese grupúsculo que no conoce el comunismo porque no ha leído sobre él.

Bien visto, el affaire de La Resistencia evidencia que la división entre izquierda y derecha no es tanto ideológica como moral. Las críticas a la banda fujimorista son más de tipo ético y estético antes que político. Porque, si hablamos de las acciones violentas, habría que remontarnos a las bolsas de basura que les depositaban a las casas de los fujimontesinistas durante la lucha contra la dictadura. Esas piezas hoy son arte de colección, como lo visibiliza la muestra “Pon la basura en la basura”, del Colectivo Sociedad Civil, alguna vez expuesta en el MALBA con texto de Gustavo Buntinx. Y si vamos más atrás, habría que rastrear las peleas a ‘pirulazo’ y manopla entre ‘búfalos’, ‘chitos’, ‘rojos’ y ‘coyotes’, a mediados del siglo pasado.


Si la izquierda protesta, es arte. Si lo hace la derecha, es inmoral.
Si la izquierda protesta, es arte. Si lo hace la derecha, es inmoral.

Bajo el punto de vista cultural y moral, el caviar que critica a La Resistencia resulta más bien siendo una variante de la “gente decente” que mencionaban los limeños de los años 60. La “gente bien” que vota por memoria y dignidad, en lugar de votar por sus bolsillos. Una sutil manera de mostrar cierta holgura económica, además. Sobrellevar la crisis que provocó Castillo sería el costo a pagar por expiar la culpa blanca de la izquierda clasemediera, lo que un político denominó ‘las ovejas negras de las familias ricas’.

PUGNAS Y PULLAS

Todo indica que hubo una cadena de errores en el Ministerio de Cultura. Había la noción de reunirse con todos los artistas que gritaban ‘Dina asesina’ para bajar el tono de las protestas. Una idea encomiable que no calibró prioridades de tiempo, formas y visibilidad. Pero de ahí a tomarse selfies alegremente con ‘La Resistencia’ hay un salto al otro extremo. Sobre todo considerando las urgencias del sector. Causó particular extrañeza que Diana Álvarez renunciara al cargo de directora del Programa Sectorial IV de la Dirección General de Ciudadanía Intercultural explicando que “la reunión de ayer con La Resistencia no fue convocada por mi equipo”. Sobre todo porque minutos después un integrante de La Resistencia publicó un video en el que se ve a la funcionaria invitando a la mentada agrupación.

No sería la primera cáscara de plátano que le colocan a la ministra. Dentro de la cartera hay pugnas intestinas, con grupos que resienten la línea del gobierno. Algunos cargos se han convertido en CAS indefinidos desde 2021, incluso en posiciones tan altas como directores de línea. Eso convierte en inamovibles a algunos funcionarios de tendencia zurda, incluso si gobernara un presidente de derecha como PPK. La ministra genera anticuerpos internos por su perfil de abogada liberal. Parece inevitable su próxima interpelación.

Un medio que responde al ala roja del Mincul ha deslizado que la ministra es protegida por Morgan Quero, actual jefe del Gabinete Técnico de la Presidencia, a quien sindican como su pareja. Un comentario machista, al parecer. Sobre todo considerando que Urteaga manejó por cinco años la Dirección General de Defensa del Patrimonio Cultural. También fue asesora del Viceministerio de Patrimonio Cultural e Industrias Culturales. Finalmente, en 2020, Leslie Urteaga Peña asumió el cargo de viceministra de Patrimonio Cultural e Industrias Culturales. Fue en esa corta gestión —tras la muerte de Inti Sotelo y Brian Pintado en las protestas de noviembre de 2020— que presentó su carta de renuncia a la entonces ministra de Cultura del gabinete Flores-Aráoz, la fugaz María del Carmen de Reparaz. La salida de Guevara forzó la de De Reparaz, una de las primeras ministras en dimitir en la recatafila de renuncias que terminó por hacer caer al gabinete y al gobierno de Manuel Merino. Con el paso de los años y visto en perspectiva, Guevara habría repensado lo sucedido. Sobre todo tras la renuncia del zurdo Jair Pérez al Ministerio de Cultura del gabinete Angulo, tras las primeras muertes producto de los disturbios en diciembre de 2022. Guevara incluso se habría comunicado con De Reparaz, con quien aún mantiene una amistad. Y se habría reafirmado en su mirada liberal de la cultura, a contrapelo de los grupos izquierdistas en pugna dentro de la cartera.

Por su lado, el mentado jefe del Gabinete Técnico de la Presidencia se dejó ver la noche del viernes 14 de julio, en una reunión sanisidrina. Fue acompañado de su no tan nueva pareja, una rubia profesional con quien habría empezado a frecuentarse hace ya varios meses. Como para desmentir fake news.

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