“Cherchez la femme” es la frase que saltó de Alexandre Dumas a la literatura pulp. Y del cine negro a la crónica roja. “Hay una mujer en todos los casos”, explicó el novelista francés. Y es evidente que esa observación no solo aplicaba a los crímenes.

Como arquetipo contraparte de la femme fatale, la figura apuntaba a una mujer que provocaba incendios, asesinatos, guerras y, por qué no, el fin de uno que otro imperio.

Ejemplos hay tantos como episodios históricos. Algunos muy empoderados, desde Helena de Troya hasta Cleopatra. Pero la narrativa de la época y la sabiduría popular terminaron trastocando el arquetipo en estereotipo. Con el fin del apogeo de la novela del siglo XIX, la belleza física dejó de reflejar la belleza interior. El machismo le restó agencia a la mujer y las novelas de James Bond le quitaron algunas líneas de diálogo.

Lo que queda es el boca a boca de esquina, el lugar común que acierta y el chisme de tacones lejanos.

El mismo fenómeno traducido en humor de café teatro explica la fuerza con la que jala un rizado vello púbico, motor inmóvil aristotélico si es que existe.

En su variante política, podemos rememorar varios episodios contemporáneos, la mayoría de ellos peruanos.

AMANTES LATINOS

Raúl Diez Canseco, por ejemplo, renunció al cargo simbólico de vicepresidente por un conflicto de intereses nada simbólico en 2004. En medio de un gran escándalo, el caso incluyó una presunta corrupción y un sonado romance con tercera rueda familiar incluida. Cuatro años después, se casó con la que es aún su esposa.

Alejandro Toledo, el presidente de turno, hizo gala de su superior cargo y se involucró en más de una escena similar, lo que incluyó a una teniente de la Policía que hoy es cristiana y a uno que otro affaire que dejó consecuencias legales. Pero quizás su gesta más sonada fue la de un falso secuestro con numerosos personajes, actores secundarios y hasta repartidores de pollo a la brasa y condones.

Vladimiro Montesinos cayó por una mujer. O quizás por dos que no debieron cruzarse. Una más guapa y joven que la otra, que, sin embargo, fue mucho más astuta que los otros dos personajes de esa triada. Nada como una mujer despechada para traerse abajo a un imperio de corrupción.

Martín Vizcarra, en cambio, sí se cuidaba. Al menos con preservativos que Karem Roca decía encontrar en su oficina. Roca, por cierto, sería finalmente la testigo de excepción de la caída del ‘Lagarto’, descenso que aún no termina del todo.

Dos ejemplos norteamericanos, pero cercanos en la cultura general latinoamericana.

Bill Clinton, quien se salvó de mentir bajo juramento en un proceso civil gracias a la filosofía de San Agustín y su particular definición de “relaciones sexuales”.

Por cierto, para los liberales de la generación woke que no lo recuerdan, Clinton fue un presidente de los 90, tiempos en que los demócratas aún podían tener sexo y preocuparse por la economía nacional.

Y Donald Trump, acaso el más latinoamericano de los presidentes que haya gobernado desde la Casa Blanca. El expresidente viene sobrellevando el proceso por el caso de la exestrella porno Stormy Daniels. Para mayor muestra de mentalidad latina, Trump ha logrado victimizarse con cada acusación que le hacen sus confundidos rivales demócratas.

Luego de revelarse ambos affaires, ambos presidentes subieron en sus cifras de popularidad, por cierto.

Algo de eso parece haber aprendido Alberto Otárola. Luego de la aparición del audio de Yaziré Pinedo, ha dominado el arte de cambiar el discurso y sacarle provecho al tema. Aunque con menor suerte que sus antecesores, hay que decirlo.

Tal vez porque los estereotipos del funcionario y la amante ya no se sostienen en tiempos de sexo, fake news y redes sociales.

DOS FUNCIONARIOS

Hábilmente, el primer ministro buscó imponer su narrativa, victimizándose.

“Hago un público llamado para proteger la salud, la seguridad y la vida de la ciudadana Pinedo”, exhortó en su último discurso como premier y su primer mensaje como candidato. Y parte de la derecha cerró filas en las redes sociales para defender al perseguido primer ministro y a la valiente exfuncionaria que acusaba un complot en las altas esferas del poder.

Cambiando de titular, lo que empezó como una posible figura de colusión agravada y se había transformado en un episodio de probable acoso sexual terminaba mutando en tiempo real en un caso de ‘mujer valiente denuncia’.

Siguiendo la dinámica digital, cada quien vio lo que quiere ver en la casa del jabonero del trending topic. Las feministas callaron. La DBA dijo que el audio era parte de la vida personal del premier. La izquierda celebró la salida del ‘carnicero’. Los youtubers que venden resúmenes de los diarios del día anterior por Patreon criticaron el contenido de los diarios del día anterior. Los caviares se indignaron porque “la gente se indigna más con un tema de faldas que con 60 muertos”.

Como dice Negroponte, Internet sirve para que la gente busque la información que confirma sus prejuicios.

Sin embargo, el errático cruce de narrativas provocó un resultado feliz, acaso lo único bueno salido de tan decadente escándalo: el fin de los arquetipos. Porque, para cualquiera que piense por sí mismo y no en cadena con el rebaño digital de la ‘inteligencia colectiva’ —caro oxímoron de la Generación Bicentenario—, queda claro que ni Yaziré es víctima ni Otárola es victimario. Y viceversa. Pinedo no es la maquiavélica funcionaria ni la perjudicada por acoso sexual. A lo sumo, será la confundida contraparte en un extraño episodio de ‘ocaso sexual’.

Acá no hay víctimas, solo dos funcionarios que se aprovecharon mutuamente hasta que se les acabó la gracia. Solo una escala de grises y peros, con significativas diferencias de edades y poder. Algo impensable en el mundo bipolar de Ilave 2.0, donde se impone la turba que más grita y donde más te vale elegir un bando. Y donde la figura femenina y el poderoso funcionario suelen someterse al referéndum del día a día que solo tiene dos casillas: like o unlike. Follow o unfollow. Seguir o bloquear. O estás de acuerdo conmigo o eres impresentable troll de Wayka. O piensas como yo o eres fake news de Willax. O te indignas o te lincho. Y a más clics en tu argolla, más se cierra el círculo. Y si no estás con los indignados, palo. Y si te atreves a dudar, palo también para ti. Calladito te ves más bonito.

Una amante que no era víctima ni calculadora. Y un funcionario caído que no era acosador ni enamorado caído en desgracia.

Dos figuras que rompen con los estereotipos.

No fue poca cosa, a horas del Día Internacional de la Mujer.