Luis Castañeda fue un alcalde criticado. Pero lo que no se puede cuestionar es que fue tres veces elegido. Y dejó obras y cifras de popularidad que hoy serían impensables en casi cualquier autoridad.

Castañeda no perdió tiempo ni energías anulando contratos de las gestiones anteriores ni judicializando obras. Salvo el proyecto Río Verde, continuó las propuestas de sus predecesores, desde el Lima Bus de Andrade hasta las reubicaciones de Orrego, su maestro. Tampoco cedió a la tentación de hacer una campaña presidencial desde la alcaldía, priorizando las competencias de gobierno regional, repartiendo ollas comunes y dando agua potable. Obras valiosas que, lamentablemente, no se traducen en votos fieles. Porque, si bien Castañeda replicó sus escaleras para los sectores populares que la izquierda había descuidado, no olvidó las obras viales para la clase media, desde sus controvertidos by-passes hasta su cuestionada Línea Amarilla. Una clase media que siempre supo agradecerle con votos. Castañeda, finalmente, supo “hablar con obras”, una forma de ‘darle la vuelta’ a su poca transparencia. Pero también una forma de no perder el tiempo y no polarizar.

La lección final se cae de madura. La respuesta al mantra “roba pero hace obra” no debería ser “no robo pero tampoco hago obra”.