Alan García, el ex presidente que escogió morir [PERFIL]

Ex mandatario falleció esta mañana luego de dispararse un tiro en la cabeza. 

Pablo Vilcachagua
Pablo Vilcachagua

Fue un hombre dedicado a la política, como si en el día de su nacimiento alguien le hubiese colocado en la frente que su destino no sería común. Dos veces presidente, senador y diputado y con una carrera entre Palacio de Gobierno, Congreso y sedes judiciales, Alan García ha dejado de existir hoy a los 69 años. Como ha ocurrido en toda su vida, se dirá que la política tuvo que ver en su sorpresiva muerte y que el tiro en la cabeza que se disparó al amanecer solo fue el cruel desenlace de una vida exagerada.

Alan Ludwig García Pérez nació el 23 de mayo de 1949 en Lima. Hijo de Nitha Pérez de García, quien le colocó tal nombre en honor al músico alemán, no conoció a su padre, Carlos García Ronceros, hasta los cinco años. Este había permanecido en prisión por su militancia aprista.

Sus estudios de Letras y Derecho los llevó en la Pontificia Universidad Católica del Perú y la Universidad Mayor de San Marcos. Muy joven viajaría a Francia y España para empezar un posgrado en Sociología. Allí, cuentan sus amigos, compartiría las aulas con tocadas de guitarra y cajón en los metros de la ciudad.

Durante este periodo universitario conocería a Víctor Raúl Haya de la Torre, líder del partido aprista, quien se convertiría en su mentor y amigo perpetuo. Su vínculos con el APRA crecerían y se fortalecerían tras su regreso definitivo a Lima en 1977, con 28 años.

Sin llegar a las tres décadas, pero con un gran carisma personal, habilidad oratoria y demagógica, Alan García comenzaría una escalada rápida: Secretario nacional de organización (durante la campaña presidencial de Armando Villanueva en 1980), Secretario general en 1982 y dos años antes elegido diputado del país.

“Jamás me podrán acusar de enriquecerme. Porque el que se enriquece se va a gozar fuera, allá en Miami, París o Nueva York o quiere superar su estatus de peruano, de país subdesarrollado, con dinero mal habido. Yo jamás, señor”, diria por aquel entonces como senador, en un discurso revisado hasta el día de hoy.

En 1985, con un 52% de votos, se convertiría en presidente del Perú. Tenía 36 años, siendo el más joven en vestir la banda presidencial tras Felipe Santiago Salaverry, quien lo hizo en 1835 con 29 años.

Bajo el viejo lema aprista ‘Solo el Apra salvará al Perú’, el joven García tomaba las riendas del país con la mirada crítica de una facción aprista que ya lo acusaba de un distanciamiento ideológico y moral, distinto al impartido por Haya, fallecido seis años atrás.

Han sido varios los especialistas que han considerado a su gobierno como el más nefasto de los últimos años. La decepción con su gobierno dentro del APRA y sus votantes creció apenas en el primer año y se extendió en los siguientes.

“(…) García se presentó como el valeroso defensor de un pequeño país asediado por las grandes instituciones bancarias internacionales. El artificio económico contradictorio, preparado por García, sus asesores y aliados solamente funciono por dos años. Comenzó a derrumbarse después de que el presidente anunciara su decisión de nacionalizar los bancos y las compañías de seguro en julio de 1987”, reseña el historiador Alfonso W. Quiróz en su libro ‘Historia de la corrupción’ en el Perú.

Durante su gobierno, de balconazos y paquetazos económicos, crecería también la actividad terrorista de Sendero Luminoso y el MRTA.

Llegaría al 28 de julio de 1990 con solo 9% de aprobación, envuelto en promesas de investigaciones en su contra, y sin poder dar su discurso de despedida por los carpetazos y pifias de los congresistas. No aguantó y se fue del Hemiciclo sin escuchar el primer mensaje de su sucesor, Alberto Fujimori.

A los pocos años, abandonaría el país con acusaciones de corrupción y asesinatos extrajudiciales del comando Aprista Rodrigo Franco. No volvería al Perú hasta el 2001, cuando la Corte Suprema de Justicia de Perú declaró prescritos sus delitos imputados al finalizar su primer mandato.

Alan García

Alan García junto a Pilar Nores, su segunda esposa, y cuatro de sus hijos.

Alan García junto a Pilar Nores, su segunda esposa, y cuatro de sus hijos.

SEGUNDA OPORTUNIDAD
Llegó al Perú para participar de las Elecciones Presidenciales del 2001 y perdió en una segunda vuelta frente a Alejandro Toledo. Los siguientes cinco años los dedicaría a la docencia en la Universidad San Martín, casa de estudios a la que estaría ligada por los siguientes años. En 2004, durante su participación en una marcha de las CGTP lanzaría a una patada al ciudadano Jesús Lora, quien se atravesó en su camino durante el recorrido.

Encolerizado y desenfrenado. Así apareció en la fotografías de aquella agresión que se convirtieron en portadas los días siguientes.

En 2006, tras una tenaz contienda con Ollanta Humala, Alan García volvería a sentarse en el sillón presidencial. El Baguazo, en 2009, marcaría un hito sangriento de su mandato, cuando 34 indígenas y 24 policías fallecieron a causa del conflicto en oposición al proyecto minero. El terremoto y la lenta reconstrucción del sur quedarían también en la memoria de los peruanos. Años más tarde, una investigación periodística revelaría que en el mandato del líder aprista se liberó a más de mil presos por narcotráfico agravado, la mayor excarcelación de este tipo que se conozca en el mundo.

Una encuesta de 2017 señaló que el 37% de encuestados creía que la gestión del líder aprista fue la más corrupta. En segundo lugar se ubicó la gestión del ex presidente Alberto Fujimori, con 23%.

Su gobierno terminaría con un 54% de desaprobación. Alan García volvía a jalar en un mandato.

Luego de dejar el gobierno en 2011, volvería a tentar la presidencia en 2016; sin embargo, no llegó a obtener ni el 6% de votos. Lo peor estaría por venir.

El 28 febrero en 2018, Jorge Barata, el ex representante de Odebrecht –la compañía brasileña envuelta en un caso de corrupción internacional-, aceptó que la constructora le entregó 200 mil dólares a Luis Alva Castro para la exitosa campaña de García Pérez en 2006.

Cuatro meses después, el fiscal José Domingo Pérez abriría una investigación preliminar contra el ex mandatario por supuesto delito de lavado de activo por el caso Odebrecht. “Demuéstrenlo pues imbéciles”, soltaría, desvariado, García durante una entrevista con medios.

El ocaso continuaría en noviembre, cuando el Poder Judicial dictó 18 meses de impedimento de salida del país contra el ex mandatario. Horas después ingresaría a la Embajada de Uruguay con el fin de pedir asilo político, el cual le sería negado a comienzos de diciembre.

La Fiscalía solicitó hace cinco días el impedimento de salida del país del ex secretario personal Luis Nava Guibert y de su hijo por supuesta recepción de dinero de Odebrecht.

Pero el día final sería hoy. Muy temprano el Ministerio Público ordenó la prisión preventiva por 10 días de García y otros investigados implicados en el pago de sobornos de la empresa Odebrecht.

Cuando las autoridades llegaron a la casa del ex mandatario en Miraflores para concretar la diligencia, García les pidió un minuto para ir hacia su dormitorio. Allí, sorpresivamente, se dispararía con un arma de las seis que tenía. Moribundo, fue trasladado al hospital Casimiro Ulloa y reanimado hasta en tres ocasiones. No superó la cirugía.

Alan García, el joven de verbo ágil, padre de seis hijos y ‘encantador de serpientes’ –como alguna vez lo llamaron sus contrincantes– falleció de un disparo que perforó su cerebro. Siempre contaba sus citaciones fiscales, decía que iban 50 y hasta el final se jactó de nunca haber pisado una cárcel.

Pero ayer, mientras brindaba entrevistas al caer en la cuenta que la detención preliminar era una amenaza real, Alan García Pérez lució más que desencajado, triste, despojado de esa superioridad que siempre creyó tener, quien sabe imaginándose su triste final. Alan García se suicidó

Alan García

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