Doctor que analiza una radiografía en la atención de un paciente durante la pandemia. (GEC)
Doctor que analiza una radiografía en la atención de un paciente durante la pandemia. (GEC)

Vamos a pagar más de 100 días de cuarentena, miles de muertos, un millón de desempleados y miles de millones de dólares de pérdidas. La última vez que pagamos algo así fue con el terrorismo y la hiperinflación. La foto final es bien parecida: economía destrozada e incertidumbre espantosa. El precio es altísimo.

En contraprestación, la epidemia nos ha pagado desnudando nuestra sociedad. Sobre la economía aprendimos mucho: que tenemos que seguir con la disciplina fiscal que generó reservas que han dado aire cuando más se necesitaba, que lo hicimos fatal en gestión pública desperdiciando recursos por corrupción o por negligencia, que debemos reformar el servicio público para que sea eficiente y ajustar la política para que no sea populista, porque vamos a demorar años en recuperar bienestar.

Pero lo que asusta son esos demonios que llevamos dentro. Cuando más hacía falta la televisión, no pasaba las clases virtuales de los colegios; se compraban equipos médicos inservibles; se comercializaban medicinas vencidas o adulteradas; se saboteaban esfuerzos privados, como la planta de oxígeno en Iquitos o el Hospital Diospi Suyana en Curahuasi; se cobraban análisis de COVID-19 que estaban subsidiados por el Gobierno; se especulaba con los tanques de oxígeno; y cuanto hiciera falta para ganar a costa del dolor y muerte de los demás.

La desidia también fue mortal: demoramos en entender cuánto es el nivel de pobreza de nuestra gente y cómo funcionan sus mercados informales de alimentos. Al imponer rigores que, simplemente, no podían soportar, los empujamos a la calle y allí se apretujaron, se contagiaron y murieron.

Sospecho que estos demonios siempre estuvieron y que su maldad no salía a flote porque andábamos distraídos con el crecimiento económico. En la crisis hemos pagado este error.

No importa cuán bien nos vaya económicamente si perdemos nuestra esencia, somos instintivamente solidarios. El lucro egoísta, que es el nombre bonito de lo que es, a secas, un fraude o un homicidio en medio de la epidemia, es contra natura.

El honor de nuestra sociedad, como siempre, lo salvan unos pocos. Grau, en su momento. Enfermeras, médicos, policías, militares, trabajadores de servicios públicos, ahora. No los olvidemos al momento de rendir cuentas, porque su ejemplo y su sacrificio nos devuelven la esperanza de que las cosas pueden ser mejores.

Es la regla simple del buen vecino: el que ayuda cuando hace falta. Pero eso ya no depende ni de la economía ni de la política. Depende de cada uno. Depende de ti, de mí.