Es como un cementerio de fotos de vidas rotas, de rostros que son parte del pasado, algunos serios y otros sonrientes. Algunos son muy jóvenes, otros reflejan una expresión cálida de toda una vida dedicada a la profesión que amaron. Contemplar esta especie de mural se me ha hecho cotidiano en los últimos tres meses, desde que empecé a ir en bicicleta de Chorrillos a Miraflores. No soy la única persona que se quiebra, que acaba mirando esas caras, esas flores que dejan familiares y amigos. Es habitual ver en esas imágenes el mejor ejemplo de la impunidad y la indolencia en este Perú, donde 487 privilegiados, encabezados por el expresidente Martín Vizcarra y la exministra de Salud se vacunaron contra el maldito a escondidas, como cobardes, sabiendo perfectamente que no era ético, que no era humano.

A estos doctores y doctoras nadie los vacunó y, lo que es peor, en la mayoría de casos tampoco los cuidaron. No tenían máscaras, no tenían guantes, trabajaban a su suerte, muchas veces rezando para no llevar el virus a casa.

“Y solo queda seguir”, dice el doctor Rafael Medina, quien llega a las instalaciones del Colegio Médico, en Miraflores, donde un listón negro inmenso me parece como un gallinazo carroñero.

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Rafael ha visto este mural infinitas veces y, sin embargo, detiene sus pasos, como ante un altar. Reconoce a algunos colegas, y recuerda a Wilmer Benítes, el hermano caído por atender a una paciente con coronavirus en el hospital de San Juan de Lurigancho. “Allí trabajo, y los médicos caen como si fueran naipes, uno tras otro. Yo me cuido, no me he vacunado, ni sé cuándo me vacunarán. No soy de los privilegiados”, murmura, y camina despacio, con la cabeza en dirección al suelo. Es casi mediodía.

En memoria de los que ya no están. Un homenaje a los médicos que murieron por el COVID-19  Foto: Esther Vargas
En memoria de los que ya no están. Un homenaje a los médicos que murieron por el COVID-19 Foto: Esther Vargas

Los ciclistas y corredores, así como vecinos, que cruzan el Malecón de la Reserva se detienen rutinariamente. Esa pausa es como un homenaje. Hoy martes, hay rabia. Hoy se sabe que la mujer a la que muchos consideraban intachable, que es médica como ellos, se vacunó clandestinamente y nos mintió. Hoy, la rabia es compartida.

Otro médico, que prefiere no decir su nombre, está frente a una foto de un colega. Veo sus ojos como una taza de agua, las lágrimas retenidas. “¿Por qué los médicos en este país son tratados como lo peor? ¿Por qué nos hicieron esto?”, pregunta.

Dolor y rabia por lo vivido, orgullo por la valentía de los médicos que cayeron

Deben estar colgadas unas 300 fotos. Recorrer despacio cada rostro es doloroso, ver los globos de colores que dicen “te amo” o “te extraño”. Y yo también tengo cólera y las lágrimas atascadas, y no lo puedo disimular. Cómo mantenerte objetiva y neutral ante tremendo descaro, donde si solo contamos a los médicos, tenemos cifras de terror: 12,465 contagiados, 313 fallecidos y 41 en UCI. Habría que agregar a estos números a los funcionarios VIP del sector, comenzando por Mazzetti, que se burlaron de este dolor de buscar oxígeno, buscar camas UCI, esperar una llamada a casa, aguardar por una prueba.

“La ministra no estaba en la primera línea de batalla contra el COVID-19. Ella estaba en sus conferencias de prensa, en su despacho… Nosotros estábamos poniendo el pecho”, comenta otro doctor que también reconoce entre las imágenes a una médica fallecida. “Era brillante”, dice, con la voz partida.

Más de 300 médicos han muerto desde que empezó la pandemia. Foto: Esther Vargas
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Allí está el médico Jorge Fernando Ludeña del Águila, quien trabajaba en el Centro Médico Santiago Apóstol de Comas, con miedo también, pero sobre todo con una dedicación infinita. Murió el 3 de junio. Alonso Ludeña, su hijo, que estudia Medicina, lo recuerda al llegar a casa, abatido: “Esto es una desgracia, no hay mascarillas, oxígeno y muchos pacientes fallecen, y no puedo darme el lujo de pedir licencia, mis pacientes me necesitan”.

Familiares y amigos dejan flores y globos en los retratos de sus seres queridos. Foto: Esther Vargas.
Familiares y amigos dejan flores y globos en los retratos de sus seres queridos. Foto: Esther Vargas.

Me siento defraudada como ciudadana, tengo vergüenza de haber creído alguna vez en la eficiencia y la ética de la doctora Mazzetti, tengo rabia contra esos funcionarios VIP, y pienso que mi tía Silvia, que lucha por vencer el COVID-19 en el Rebagliati, no tendrá la suerte de ser vacunada. Tampoco su madre que fue contagiada. Porque este Perú es casi siempre el Perú de vivos con suerte. Este Perú me indigna, y me apena. Y este Perú, por culpa de malos profesionales con corona en el gobierno, también te mata. Te mata.

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