Se sumaron hasta 250 personas voluntarias. A partir del segundo día se encontraron a la 1:00 p.m. en el Palacio de Justicia. (Fotos: César Campos/ GEC)
Se sumaron hasta 250 personas voluntarias. A partir del segundo día se encontraron a la 1:00 p.m. en el Palacio de Justicia. (Fotos: César Campos/ GEC)

Por Natalia Lizama

Solange Ortega Rojas, estudiante de medicina de 26 años, se encontraba en los laterales de la Plaza San Martín el 14 de noviembre alrededor de las 8:00 p.m. junto a su equipo de la brigada voluntaria atendiendo a quien lo necesitaba.

Llegaban decenas de heridos, mucha gente asfixiada, algunos con cortes en diferentes partes del cuerpo, otros con impactos de perdigones en los brazos, las piernas y la cabeza, incluso niños perdidos buscando a sus padres.

Ella estaba de rodillas, vistiendo un casco blanco con una cruz roja encima, un chaleco rojo y más de dos mascarillas. Se encontraba asistiendo a las personas que llegaban asfixiadas, les daba agua con vinagre, limón o agua con bicarbonato para evitar que siguieran sufriendo los efectos de las bombas lacrimógenas.

Sin embargo, de un momento a otro comenzó a sentir ardor en la nariz, los ojos se le nublaron, comenzó a lagrimear, la garganta se le cerró y no pudo respirar más. Un gas lacrimógeno había llegado al punto donde la brigada se encontraba atendiendo heridos.

“Se siente horrible. Me sentía ahogada, asfixiada, quería estar en un lugar a salvo pero en todos lados estaban todos los gases, al no poder salvaguardar mi vida no podía salvaguardar la vida de otras personas, es ahí donde la desesperación te gana y como sea tratas de buscar un lugar seguro para ti y para las personas que están heridas”, relató Solange a este diario.

Auxiliada por uno de sus compañeros, buscó la seguridad de los implementos médicos antes que la suya, abandonaron la zona de las bombas, quedándose ahí 24 alcoholes y 24 aguas oxigenadas donadas por los manifestantes, a la vez que también se vieron obligados a dejar muchos bidones con agua, bicarbonato y vinagre.

“Yo corrí hasta el Palacio de Justicia con las cosas. Me daba impotencia de no poder ayudar a la gente, habían muchas personas ahogándose y no podía ayudarlos porque estaba pasando por lo mismo. Fue en ese momento donde la gente me comenzó a aplaudir, me ganó la emoción y me puse a llorar”, añadió.

El comienzo de la brigada

El nueve de noviembre del 2020 se creó la brigada de primeros auxilios. Se componía de tres integrantes con escasos implementos de protección y materiales de ayuda. Solo eran estudiantes de ciencias de la salud que decidieron ayudar.

Solange Ortega se enteró de las personas accidentadas a través de redes sociales y decidió ayudar. Contactó al creador, hicieron un grupo, se sumaron hasta 250 personas y a partir del segundo día se encontraron a la 1:00 p.m. en el Palacio de Justicia.

Los primero días asistían con la ropa que llevaban puesta, se ponían una cruz roja en alguna parte del cuerpo y con lo que pudieron juntar salieron a dar una mano a los manifestantes. Se dividieron en varios grupos: dos en Plaza San Martín, uno en el Parque Universitario, otros en la avenida Abancay, algunos en la avenida Nicolás de Piérola, pocos en ambulancias, y varios buscando heridos en el camino junto a los que iban adelante y detrás de la marcha.

Las personas alentaron su participación al donar basta cantidad de implemento o depositándoles ayuda económica, con lo que lograron adquirir casos blancos, chalecos rojos, gasas, bicarbonato, agua oxigenada, esparadrapos, vendas elásticas, analgésicos, toallas desinfectantes, entre otros.

“Los manifestantes nos daban mucha ayuda, cuando veían que nosotros llegábamos a rescatar nos abrían paso, nos aplaudían”, recordó emocionada la estudiante. Sin embargo, durante los siete días que se extendieron las marcha tuvieron un obstáculo.

“Hemos visto muchas personas heridas innecesariamente viviendo en carne propia el uso excesivo de la fuerza policial y no haciendo distinción a las brigadas. Muchos de nuestros compañeros han sufrido lesiones por arma de fuego a pesar de que nuestra única intensión es ayudar a las personas heridas. Nunca hubo esa distinción, nosotros hemos vivido en carne propia todo este maltrato policial. Me gustaría que los policías nos respeten y que no nos ataquen, porque lo único que hacemos es ayudar a las personas”, reclamó Solange.

14 de noviembre

“El sábado [14 de noviembre] fue el más fuerte, nunca pensé vivir ese tipo de experiencias. Tener que atender a muchas personas heridas y asfixiadas por los gases, muchas personas mareadas queriéndose desmayar de verdad que da impotencia no poder ayudar a todas”, fue lo primero que narró cuando recordó lo que sucedió durante las marchas del 14N.

Se reunieron puntuales el 14 de noviembre a la 1:00 p.m. en el Palacio de Justicia. Recibieron donaciones hasta las 4:00 p.m. y a partir de esa hora se separaron y se colocaron en sus puntos. Alrededor de las 7 de la noche fue cuando comenzaron a recibir personas.

“Nos avisaron que por el Parque Universitario se estaban escuchando disparos de perdigones. Mis amigos que estaban en ese punto me comunicaron que necesitaban camilla porque había muchos heridos y un chico que había tenido un disparo en el cuello que necesitaba a la ambulancia. Era un poquito complicado porque con la cantidad de gente que había la ambulancia no podía avanzar muy rápido”, contó Solange Ortega.

La estudiante de medicina se enteró después que al muchacho que no llegaron a asistir era Jack Brayan Pintado Sánchez, de 22 años de edad, uno de los dos chico fallecidos durante las manifestaciones. Según cuenta, sus compañeros tuvieron que llevarlo cargado hasta el hospital; sin embargo, llegó sin signos vitales por la cantidad de sangre que había perdido.

Afirmó que muchos de las personas que llegaban necesitaban puntos por los perdigones que les caían, pero, pese a que necesitaban ir al hospital, decidían quedarse. El procedimiento que seguían para poder curar la herida era el de hacer una limpieza de la zona, darles un antiséptico para que la herida no se les infecte y finalmente vendarlos.

“La verdad es que muchos de nosotros hemos sufrido lesiones por perdigones, y no solo eso, los gases contaminaban nuestros materiales, el agua oxigenada, el líquido antiséptico, las gasas, los algodones o las vendas. No había un trato directo verbal con la policía pero ellos sí nos veían cuando íbamos a salvaguardar a algún herido. Levantábamos las manos para que no disparen, pero igual disparaban, llegaban los gases, llegaban los perdigones, no había respeto, nunca hubo respeto”, comentó afligida la joven brigadista.

La labor de rescate fue finalizada alrededor de la 1:00 a.m. Ella vive en Pueblo Libre, a 15 minutos de la Plaza San Martín. Sus compañeros en cambio, sí tuvieron problemas para trasladarse, además de que muchos de ellos decidían quedarse en hoteles cerca a la plaza porque un taxi les podía cobrar hasta S/100 o S/120 soles la carrera.

“Algunos de los compañeros, cuando se dirigían a sus casas y ya iniciado el toque de queda, se les decía que los policías los seguían y ellos en la desesperación buscaban dónde meterse para que ya no los sigan. No sé por qué motivo los seguían, pero ellos estaban muy asustados”, aseveró la voluntaria médica.

Solo el sábado 14 de noviembre, los más de 250 brigadistas lograron atender a más de 150 personas por punto de acopio durante las protestas. Sacaron canicas (perdigones) de los pechos, brazos y piernas de jóvenes de entre 22 y 26 años. También reanimaron a adultos mayores, varios de ellos vendedores ambulantes, y llevaron a más de 20 personas a los hospitales.

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