(Foto: Archivo personal Demetrio Pacheco)
(Foto: Archivo personal Demetrio Pacheco)

La democracia peruana se define en la imagen del presidente del Consejo de Ministros dando una entrevista en la que habla de sedición, traición y vacancia, mientras que Richard Swing, que ha puesto en jaque al Gobierno por unas órdenes de servicio, baila en la imagen de fondo con los ojos cerrados y ritmo sensual. A la par, en otro canal muestran al nuevo paladín de la fiscalización, Edgar Alarcón, un excontralor destituido por presuntos casos de corrupción, que no puede ser detenido ni llevado a juicio, a pesar de que la Fiscalía ha pedido 17 años de prisión en su contra porque lo protege la inmunidad parlamentaria y el puñado de congresistas que intentaron un golpe de Estado. Como música de fondo de este affaire democrático: los llantos de una secretaria palaciega que traicionó a medio mundo y reveló que el presidente de la República está rodeado de mediocridad, histeria y mentiras.

¿Y el Perú? ¡Ay! Siguió muriendo. Como Roberto Carlos Villanueva, que fue hallado al final de la tarde del viernes, en Tambopata, con un disparo en la cabeza y otro en la espalda, víctima de un virus que se extiende sin resistencia por la Amazonía: el asesinato de los guardianes ambientales contra el narcotráfico, la minería y la tala ilegal.

La muerte de Roberto Carlos con las justas llegó a las noticias estos días, opacada por el caso Swing. En parte porque el escandalete siempre generará más rating, pero también por lo poco que parecen valer ciertas vidas para el poder mediático y político de nuestro país.

No solo nuestra Amazonía está en riesgo, sino también las vidas de sus defensores. En un contexto como este, relegar el Acuerdo de Escazú es darles la espalda a las personas que se juegan todo por proteger el medio ambiente frente a las mafias.

Perú necesita más defensores del ambiente, respaldados por un Estado activo, y menos show político que le cuesta la vida a la gente.

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